Martes
15 de septiembre de 2026
Hora : 16:52
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Filo Hua Hum


El fotógrafo y escritor Mariano Larralde comparte hoy la experiencia vivida en su visita a uno de los más surrealistas paisajes de la precordillera neuquina.

Sentado en un sillón de mi departamento en Mar del Plata, todavía me zumba en la cabeza el eco del viento sur.

Es marzo de 2011. La cámara sigue cargada de paisajes patagónicos que todavía no descargué a un disco externo. La mochila, descolorida y polvorienta, descansa al lado de la puerta, esperando un impulso de voluntad para vaciarse.

Mientras espero a Nicasio, un amigo que viene a cenar, termino de leer Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer, el libro que inspira la película Into the Wild.


Krakauer reconstruye la vida y el viaje de Christopher McCandless, un joven que, después de graduarse en 1990, decide dejar atrás su vida y lanzarse a recorrer Estados Unidos bajo el seudónimo de Alexander Supertramp.

Viaja a dedo, trabaja ocasionalmente y vive con lo mínimo, hasta internarse solo en las tierras salvajes de Alaska.

El libro no es solo la crónica de un viaje extremo. También habla de la juventud, la libertad, la soledad y esa necesidad de llevar ciertos ideales hasta las últimas consecuencias.

Nicasio me cuenta, entre cervezas, que celebra un nuevo comienzo.

Sale fortalecido de un tiempo que puso a prueba su temple y le permitió ver la salud desde otra perspectiva: no solo como médico, sino también como paciente.

Para celebrar la vida, en una semana parte hacia la Patagonia para dedicarse a una de sus pasiones: la pesca con mosca.

De a poco, sin prisa pero sin pausa, va soltando un montón de razones para convencerme de que me sume a la expedición.

En el fondo, todo se reduce a tres ideas:

la vida es una sola;

esta es una oportunidad única para acampar y hacer fotos desde el amanecer hasta la noche;

y la certeza de que en esa fecha el avistamiento de ovnis es prácticamente un hecho, tema que por entonces me obsesionaba.

Mientras Nica habla, miro de reojo la mochila todavía sin desarmar y escucho su voz, curtida de tanto andar, que me dice:

—¿En serio? Este flaco está completamente loco. Si es justo lo que acabamos de hacer…

Además ya estoy vieja para tanto ajetreo. Necesito reparaciones y descansar.

Y vos mejor ponete a trabajar, que buena falta te hace.

De madrugada, en un bar de Alem, influenciado por Alexander Supertramp y después de un par de cervezas de más, dejo de lado la coherencia y todo atisbo de responsabilidad para sumarme a la expedición patagónica.

Una semana más tarde, me encuentro nuevamente camino al Quimey, Neuquén.

Al llegar al área de acampe del lago Filo Hua Hum, lo primero que vemos es un cartel en español e inglés:

«No dejar rastro / Leave no trace».

No es solo una recomendación, sino una filosofía: dejar la naturaleza tal como la encontramos, para que otros puedan disfrutarla igual que nosotros.

Planificar, acampar en superficies resistentes, llevarse toda la basura, no llevarse nada del lugar y respetar la vida silvestre.

En pocas palabras: disfrutar de la naturaleza sin dejar huella.

Amanecer.

La neblina se va evaporando mientras el sol trepa la montaña.

Me espera un día de caminatas, siguiendo a la cámara, buscando paisajes y esperando que aparezca alguna imagen.

Y más tarde, una noche fría de avistamientos.

No es un destino masivo, y ahí está su magia: un lugar para desconectarse, explorar y sentir la Patagonia en estado puro.

Lengas, coihues y ñires pintan el paisaje. En otoño, de rojos y dorados; en primavera, de naranjas, amarillos, azules y violetas con la llegada de las flores silvestres.

También crecen las araucarias araucanas, árboles milenarios y sagrados para el pueblo mapuche.

Más de veinte lagos y lagunas forman parte de esta región, entre ellos el Lácar, el Huechulafquen y el Paimún. Es refugio del huemul, una especie amenazada de extinción, y hogar de comunidades mapuches que mantienen vivas sus tradiciones.

Después de varios días de acampe y de cargar la cámara de recuerdos, volvemos a San Martín para continuar hacia el lago Huechulafquen.

En la villa me cruzo con otro amigo: Ricardo Caletti, guardaparques de profesión y sismólogo de corazón.

Ricardo posee un don particular: puede anticipar los movimientos de la tierra varios días antes de que sucedan.

Percibe en el vuelo de las aves, en los gestos de los animales e insectos, en las variaciones de ríos y lagos, en grietas casi invisibles, en los olores que arrastra el viento y en un sentimiento que recorre su cuerpo, los signos que la naturaleza ofrece. Y logra descifrarlos.

Así, antes de que la tierra tiemble, lo anuncia en sus redes:

«Intuición sísmica en los próximos días».

Unos mates después, me quedo tranquilo: no intuye erupciones ni temblores.

Le cuento sobre los días acampando en el Filo Hua Hum y le pregunto por el significado del nombre.

—Es un nombre muy simple; es el río, en verdad —me responde—. Se transfiere al lago.

Mirá: el lago Villarino desagua en el lago Falkner; todo forma una cuenca que termina en un pequeño lago llamado Lago Nuevo, que a su vez desagua en el lago Filo Hua Hum.

El río Filo Hua Hum, al juntarse con el lago Meliquina, forma el formidable río Caleufú, que sigue su curso hacia el Coyuncura.

Si uno observa el río desde el puente, ve cómo avanza haciendo zigzags rumbo al Pacífico.

Hua Hum significa «que se abre paso».

Por eso el paso Hua Hum en la cordillera se llama así.

Filo es «culebra».

Así que Filo Hua Hum quiere decir: que se abre paso como una culebra.

Nos despedimos con un gran abrazo y sigo mi camino hasta encontrarme con Nicasio en la librería Pata Libro, que siempre tiene libros de fotógrafos de la zona.

Allí damos con uno que me atrapa a primera vista: Fly Fishing Moments, de Diego Ortiz Mujica y Mel Krieger.

Un libro hermoso, de imágenes en blanco y negro, que captura la belleza de la pesca con mosca en la Patagonia.

Me gasto los últimos ahorros en ese libro que me encanta.

Mariano Larralde