Lunes
27 de julio de 2026
Hora : 17:54
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14 Colores


Este domingo, el fotógrafo y escritor Mariano Larralde nos traslada con su relato y sus fotografías a "El Hornocal", en la provincia de Jujuy, que forma parte de la Quebrada de Humauaca, Patrimonio de la Humanidad.

“Un solo color basta para transformar el aire.”

                                                                       — Henri Matisse

Es 2016. Como guía de las expediciones fotográficas del Club de Exploradores, llegué junto a un grupo de diez viajeros al Noroeste Argentino.


Venimos siguiendo paisajes y huellas antiguas.

En la Puna, el aire es seco y fino; el cielo, más inmenso.

El silencio se impone, salvo por el viento.

Me acompaña Flor, con una pequeña pasajera en su interior, llamada Abril, latiendo en su quinto mes de viaje.

A 4.300 metros, respiramos lento y profundo.

Estamos frente a una maravilla de la naturaleza: el Cerro Hornocal.

El Hornocal —también conocido como la Montaña de los 14 Colores— es uno de los paisajes más impactantes de la provincia de Jujuy y de toda la Argentina.

A unos 25 km de la ciudad de Humahuaca, el trayecto mismo ya es una experiencia visual.

Forma parte de la Quebrada de Humahuaca, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, en 2003, por su valor cultural y paisajístico.

La serranía despliega una paleta de hasta catorce tonos vibrantes —rojos, verdes, ocres y violetas—, un regalo para cualquier fotógrafo por su singularidad geológica y su fuerza estética.

Creemos que algo de esa energía, de esa vibración viva que emana del Hornocal, quedará impresa en Abril.

Soñamos con que su vida sea, como esta montaña, una explosión de color y pasión.

Las formas en zigzag y las texturas que el tiempo desgastó crean una profundidad única, perfecta para imágenes cargadas de atmósfera.

Pero el Hornocal no es solo una postal para los ojos: es parte de un territorio cargado de historia andina y de cosmovisión originaria, que le confieren un sentido tan profundo como su propia imagen.

La Quebrada de Humahuaca fue hogar de pueblos como los omaguacas (una unión de etnias preincaicas) y collas, enlazados al vasto mundo andino.

En esa mirada ancestral, la tierra, las montañas y los ríos no son solo paisajes: son seres con vida y significado —apus, pacha— que respiran y acompañan el andar del hombre.

En la región del Hornocal se conservan tramos del Qhapaq Ñan, la gran red de caminos del Imperio Inca —el Tawantinsuyu, que conectaba desde Perú hasta el noroeste argentino.

Estos senderos no solo permitían el comercio y la comunicación: eran hilos vivos que unían culturas, rituales e historias, tejiendo un mundo compartido en medio de las montañas.

Hoy, las comunidades nativas mantienen un vínculo con la región que combina hospitalidad y resguardo cultural.

Su labor va más allá de acompañar a quienes llegan: es parte de una lucha por el reconocimiento, la identidad y la preservación de la Pacha frente a la maquinaria del litio que amenaza la Puna.

Esta montaña es un tapiz que narra la historia del tiempo,  tejido por sedimentos marinos, volcánicos y minerales oxidados como el hierro, el cobre, y el azufre que, hace más de 70 millones de años, dieron forma a sus colores y texturas.

Es, literalmente, la memoria profunda de la tierra convertida en arte natural.

Disparo mi cámara desde diferentes puntos de vista buscando capturar su belleza salvaje.

Creíamos que esa fuerza iba a dejar una huella en Abril.

Nueve años más tarde, Abril es un estallido de color: colores que abrazan a todos los que se cruzan en su camino.

Baila con pinceladas multicolores que se enredan en su sonrisa

y chispean en su mirada.

Elige siempre el brillo.

Lleva color en todo lo que hace: pinta de vida cada rincón por donde pasa.