La injerencia de Meta en el proceso electoral de Brasil no es mito, teoría conspirativa ni paranoia analógica. Se inscribe en una serie de intromisiones detrás de las cuales se pueden rastrear las huellas de empresas propiedad de un reducido grupo de poder -los tecno oligarcas- que ha ganado influencia global en una era de híper conexión y dependencia tecnológica.
Y si esta nota inicia con un fragmento de la novela que nos legó el concepto del Gran Hermano no es porque el caso de Brasil se parezca a la ficción, sino porque ficciones como la de Orwell o "Un mundo feliz" de Aldous Huxley, hicieron lo que hace la verdadera ciencia ficción, la de alta calidad: anticipar para dónde va el mundo.
En Brasil, la maniobra para inclinar la elección quedó a la intemperie cuando usuarios de redes sociales denunciaron que el gigante tecnológico -dueño de Instagram, WhatsApp y Facebook- limitó el alcance de las cuentas relacionadas con Luis Inácio "Lula" da Silva en los días previos a la elección de segunda vuelta.
En algunos casos el rigor de las denuncias puede ser debatible, como es el caso de la supuesta alteración del algoritmo de recomendación por el cuál una publicación aparece más que otra o incluso ciertos posteos dejan de circular. Aunque esto es perfectamente posible es difícil conseguir evidencia.
Pero otros efectos del estrangulamiento fueron demasiado evidentes, como la imposibilidad de encontrar en el buscador de Instagram la cuenta de Lula. O el sesgo del agente de Inteligencia Artificial de WhatsApp, que se rehusaba a generar imágenes con texto proselitista en favor de Lula pero sí lo hacía en pro de su rival, el senador Flavio Bolsonaro.
La operación llegó al Tribunal Superior Electoral (TSE) con la denuncia del Partido de los Trabajadores, que apuntó a Meta por "selectividad algorítmica", restricciones a las publicaciones en favor de Lula, establecimiento de límites a los posteos, "me gusta", visualizaciones e imposibilidad de generar contenido con IA si el prompt indicaba que se trataba del candidato oficialista.
Luego de ser intimada dos veces por el TSE, Meta respondió con un comunicado. Reconoció fallas técnicas relacionadas con anuncios y publicaciones de la campaña de Lula. Aunque negó que los algoritmos tengan un sesgo ideológico que favorezcan candidaturas. En este caso, podríamos decir que ante una hipotética falla aleatoria en demérito de uno de los dos candidatos, Lula y Bolsonaro tendrían chances iguales de verse afectados.
Pero casualmente el candidato favorecido fue el que, por concepción ideológica y programa de gobierno aparece más cercano a mejorar el clima de negocios para empresas como la denunciada.
Para entenderlo mejor, iluminemos la hipótesis con datos conocidos por todos: Bolsonaro, como buena parte del movimiento político de derecha en el mundo, niega los efectos negativos del cambio climático. Y los gigantescos centros de datos que necesitan estas empresas, particularmente los impulsados por inteligencia artificial, generan una huella de carbono profunda, marcada por el consumo masivo de energía, una alta demanda de agua y un consecuente aumento de las temperaturas locales.
Y ni hablar de que empresas de esa envergadura no sienten simpatía por un candidato que, dado a elegir entre proteger a un colectivo de trabajadores o a los empleadores, se incline por los primeros.
¿Es delito que unas empresas intenten maximizar las ganancias apostando por un candidato que facilite sus operaciones? Claramente no. Y de hecho, es lo esperable.
El problema se da cuando la apuesta incluye manipular voluntades mostrándoles sólo aquello quieren que vean. Y la imposibilidad de una utópica desconexión amplifica la potencia de esos efectos.
De vuelta a la introducción de estas reflexiones, podemos ver nuestro futuro con optimismo si entendemos que esos pocos centímetros cúbicos dentro de nuestro cráneo pueden ponernos a salvo de las manipulaciones con que nos llevan de las narices. El problema es que, adormecidos como estamos, ese órgano al que se refiere Orwell se entrega a la dopamina del scrolling y pierde la milagrosa capacidad que nos distingue de las bestias.
"Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano."
Marcelo Bettini
Diplomado en IA, programador, profesor de tecnología, periodista.

