El cronista escucha el llamado a pesar de la hermosa resaca de cine nacional que dejó el paso del 23° Festival Tandil Cine por la pantalla del Espacio INCAA UNICEN. Entonces los dedos saltan de letra en letra para narrar ese cuadro que parece pintado por un Ricardo Carpani serrano: Luis Gómez, uno de los últimos bohemios que anidan en el pago chico, exhibe una foto en la que Carlos Gardel ríe acunando un bandoneón, rodeado de amigos.
El vecino que, entre otras cosas, es cómplice de Ernesto Palacios en las andanzas del Cine Club, llevará este hallazgo documental a Luciano Di Salvo, un guardián de la memoria que desde el Centro de Documentación y Fototeca de la universidad la yuga cada día para que el pasado no esté pisado.
“Le llevé cientos de imágenes de instituciones de Tandil, el trabajo que hacen es maravilloso”, dice Gómez, potente, vital, comprometido.
La Fototeca de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires es eso: un pulmón donde el recuerdo respira. No custodia papeles muertos; rescata la carne y la historia de la región.
La escena registrada por este escriba en la calle de los naranjos, justo frente al diario fundado en 1882 por el boticario Juan S. Jaca, representa un puente invisible. Un hilo que une de forma inquebrantable a la casa de altos estudios de Tandil, Azul, Olavarría y Quequén con esos ciudadanos de a pie que, con un pedazo de película entre las manos, se atreven a trascender.
Artículo y fotografía de Alejandro Latorre.

