Siglos atrás, el gran Calderón de la Barca decretó que el mundo es un gran teatro y la vida, un sueño. Hoy, en este Tandil de sierras y adoquines, otra Calderón —Camila, la Flaca, la que firma CEB— funde con la música de los pinceles todas las mitologías: se sube a su propia barca de tablones y andamios para demostrar que la calle es el verdadero escenario y que los sueños, si son urgentes, se pintan con aerosol para ganarle al gris cotidiano.
Para dar a luz una estrella danzarina, decía el viejo Nietzsche, primero hay que tener el caos metido bien adentro del cuerpo. En esta loca linda, poeta peligrosa, habita el desorden hermoso de los que no se dejan encasillar. Te pinta un retrato místico que te clava la mirada en la intimidad de un cuadro, y al día siguiente se cuelga de un andamio a tres pisos de altura para regalarle una ráfaga de animé y color a los Monoblocks de la avenida del eterno general amado y odiado. No tiene un estilo; tiene una urgencia. El cuadro es su confesionario; la pared, su trinchera pública.
El viaje de sus pinceles es una película ochentosa, de esas donde los personajes se juegan el corazón en cada escena. Como aquella Camila de la Bemberg que desafiaba al orden establecido por puro fuego interno, nuestra Cami se la juega entera. Arrancó a los siete años, de la mano de una madre que le bancó los trapos y la llevó a colgar sus primeros dibujos en un café armenio de Palermo. De esos pasillos porteños a la inmensidad de la sierra pasaron fracasos, proyectos truncos y pasos en falso. Pero la perseverancia, esa terquedad tan propia de los que tienen una misión entre ceja y ceja, la trajo hasta acá.
Este 2026 que empieza a apagarse fue su propio big bang. Un año salvaje donde su arte unió los extremos más impensados de la condición humana: llevó el color a la sombra espesa de la cárcel de Azul, colgó sus obras en las luces del Museo Mumbat, armó la fiesta del graffiti autogestionado y se le infló el pecho viendo a sus alumnos del taller mostrar sus dibujos en Macanudo. Ella no niega los miles de dólares ni los aeropuertos del mundo; pero entendió que la gran consagración es el arte como una herramienta de transformación social, el abrazo del vecino, la mirada encendida de un pibe que descubre que las manos sirven para crear.
Por eso, el destino final de este año de furia y poesía no podía ser otro que la esquina de O'Higgins y Brandsen. Ahí, en esa placita recuperada a puro pulmón por los vecinos sencillos que amaba Facundo Cabral, donde los chicos de ATAD juegan bajo el cielo tandilense, la Flaca va a derramar sus últimas gotas de pintura del almanaque. En ese potrero de arco eterno y grito de gol gracias a la zurda del Pinino García, donde el barro se mezcla con la mística barrial, la gran caldera va a volver a romper el hervor.
Camila Calderón va a subir una vez más al andamio. Con las zapatillas manchadas, los dedos sucios de aerosol y el caos sagrado latiendo en el pecho, dispuesta a que los demás —como canta Lebón— se despierten en un mundo agradable.
Nota de Alejandro Latorre
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Si querés ser parte de la movida en la Plaza de O’Higgins y Brandsen, podés sumarte con facturas y mates. Los pinceles estarán moviéndose por ahí el sábado 31 de octubre y el domingo primero de noviembre. Si tenés un emprendimiento afín, con cosas ricas para una merienda,comunícate al 01124523176 o a través de la redes sociales de Camila.

