Lunes
07 de septiembre de 2026
Hora : 06:32
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Le.MaArq CONSTRUCTORA

Cronopios del empedrado y otros locos por el estilo


Una pequeña multitud copa el hall del Teatro La Fábrica, que en sus paredes luce frases de los escritores Whitman, Ingenieros y Martí entibiadas por una lamparita vintage y otras navideñas. Los visitantes ya sintieron la voz que emigró de la máquina susurradora, recibieron a un fantasma y sus consignas macanudas y preparan ahora sus pupilas para crear el momento poético.

Por Alejandro Latorre

El ingreso a la sala es silencioso, cómplice de la propuesta. En un rincón del escenario Javier Lester, el director de la película La Luna de Coco, toca el arpa y después desaparece, como por arte de magia. Surge potente la voz de una vieja mujer que sin pudor manda todo al diablo e invita con la canción de Almafuerte: “Hoy más que nunca sé vos”.

De arriba de la tribuna, con una vela protegida por un farol, empieza a descender un Zaratustra cercano, como si el profeta de Nietzsche bajara de la montaña directo al empedrado. Trae un mensaje claro, sencillo, breve: “No busquen la poesía en los libros pesados, hoy está acá, disuelta en nuestro barro sagrado”.

El poncho salteño que tiene sobre su saco de pana importado es tomado por una mujer de boina elegante, que, tras una complicidad entre el semidiós y un Orfeo de las orillas, toma un adoquín con una de sus manos, lo mira como si fuera un niño y le dedica una elegía.

Las secuencias se suceden entre fragmentos de cine inmortal, intervenciones impredecibles y eternas canciones hasta que, tras 59 minutos de teatro, la oscuridad gana el espacio. Una vez que regresa la luz solo se ve a un actor, que justifica la partida del resto por acto de modestia.

Tras su discurso, un hombre de 80 años empieza a tocar la armónica y lidera como un Flautista de Hamelín a una inclasificable legión que cruza la calle Pinto e ingresa a un Palacio de la abundancia, donde están las diosas obreras de cinco litros de tinto con sus vestidos de ocasión, Capitán Batata, Míster Cremón, Caballero Rojo y un escabeche de gallinas hurtadas para el Aristocrático Banquete Proletario.

El festín sonoro tiene a Bach, Vivaldi y Beethoven junto a una ronda de conversaciones sobre la existencia, el amor y otras maravillosas complejidades. En las mesas se cruza la pluralidad sin filtros: el albañil curtido comparte el pan con el psicoanalista, mientras un preadolescente desenmascara a su escuela llamándola "institución enjaulizante". Las copas se chocan, las manos toman el pan, los abrazos se suceden y la anomalía se planta como una bandera de paz.

Con piano, violines y chelo a un volumen alto, que no invade —todo lo contrario—, los ojos del cronista ven a un centenar de desestructurados comensales y hambrientos intelectuales.

Se ha puesto en marcha una mágica cofradía de seres extraños, locos por el estilo, y la vida se enaltece con lo que se tiene a mano.


Algo así fue lo que registró el cronista de ABCHoy durante la obra Bajo el cielo de Tandil y unos latidos más allá el último sábado en la sala teatral de la Universidad Nacional del Centro. El segundo episodio de esta performance dirigida por el periodista Alejandro Latorre, con la actuación de Adrián Ventos en guitarra y voz y Victoria Rodríguez Lodi en narración, tuvo la participación de Carmen Montoya, María Inés Mazza, Josefina Equiza, Javier Pianta, Iván Navarro, Diego Castaño, Gustavo Pina, Chango Ledesma, Jorge Spivac y Laura Iglesias con el coro de personas mayores de la UNICEN. El próximo encuentro sería el 12 de diciembre.


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Ventos, Latorre, Rodríguez Lodi y Lester son los cronopios del empedrado, esos seres verdes, húmedos y desordenados que, según Cortázar, cuando viajan o se juntan, arman fiestas en los rincones del mundo, se dejan llevar por la música de la calle y cuidan los recuerdos para que la rutina no nos gane la partida.
 


El happening de los pagos chicos


Bajo el cielo de Tandil y unos latidos más allá no es una obra de teatro convencional; funciona como un happening multidisciplinario de los personajes alejados de los despachos oficiales. El espectáculo cruza música clásica y popular, narración y textos filosóficos, barriendo las fronteras entre actores y espectadores. La experiencia arranca en las butacas de La Fábrica y se muda a la calle para terminar en una comunión de comida, brindis, conexión y fraternales charlas de sobremesa.

Siempre Farmacias.