“¡Las carreras ligadas a los medios son el futuro!”, escuchan los oídos de este apuntador, mientras el paisaje se va perdiendo a setenta kilómetros por hora, bajo una llovizna y un viento que cruza veloz. De solo recordarlo, vuelve a congelar los huesos.
Tres décadas más tarde, tras haber transitado por viejas redacciones, estudios de radio y televisión y de haber escrito libros sobre la historia de los trabajadores de prensa de la región, el autor de esta nota se pregunta si aquella voz no fue deformada por la ráfaga de aire húmedo y su propio deseo de pichón. Tal vez uno escucha a los veinte lo que quiere y siente a los cincuenta lo que es. ¿Por eso habrá estudiado siete años para colgar en su cotorro el diploma de Licenciado en Comunicación Social?
Esto es lo que sospecha el escriba tras cruzarse con una vieja amiga sobre la calle Paz —un vocablo que, vale decirlo, cotiza hoy exageradamente al alza—.
—No sé si voy a poder ir. La mina cobra 250 mil pesos la consulta. Ojo, con el refrigerio— cuenta la dama. Se refiere a una fulana que este fin de semana esperará a tandilenses y turistas para conectarlos con los allegados convocados, hace tiempo, por la parca.
Sí, la médium cobra 250 lucas la pregunta y estará un par de días por acá, atendiendo a sus parroquianos con sus sentidos bien despiertos, biodecodificando a más no poder. ¿Qué tul?, como se llamaba el viejo bar de chapa de los Cadona en Cerro Leones.
"Medium"; "medios" ahora se nota la diferencia, pero aquel entusiasmo juvenil, las condiciones del tiempo y el ruido destartalado de la vieja cabina fueron una licuadora de sentido tal vez.
En uno de los brolis nacidos de estas manos, un lúcido reportero gráfico decía que los periodistas trabajan de sol a sol con el intelecto, las piernas y los brazos, pero ganan como si fueran totalmente lisiados. El mango importa, claro. Pero el prestigio social también. En ese sentido, vale recordar el fragmento de una conferencia donde un defensor porteño de los derechos obreros sentenció con sonrisa de resignación: “Es más fácil zafar de las puteadas si uno vende droga en los jardines de infantes que si es periodista”.
La exageración es válida si tenemos en cuenta la batalla cultural de 6 - 7 - 8 años atrás, más o menos, y este presente que pide a gritos más odio contra los que alimentan las páginas e intentan hacer lo mismo con sus familias proletarias.
Pero no hay que ir tan lejos para ver el ensañamiento. Nuestros comentaristas de entrecasa, los que habitan los portales de estoicos emprendedores —como tal vez alguna vez lo fue Natalio Botana—, se sacan chispas en las redes. Hay que reconocerles la humildad, la agudeza y la descomunal inteligencia con la que redimen a la humanidad desde el anonimato táctil. Son los eximios catedráticos del berrinche que dictan sentencia entre mate y mate, custodiando los destinos del mundo con el pulgar derecho.
Ya es tarde para lamentarse por el camino elegido. Es hora de justificarlo como se pueda. Si las cuentas no nos hacen el aguante, por más que obtengamos el Premio Nobel en economía doméstica, queda echar mano a esos quijotes cinematográficos. Como Fermín Daguzán, un dandy de pañuelo al cuello y whisky en mano que caminó nuestros adoquines y nos legó su decreto inmortal:
“Sigo creyendo, y no soy el único, en el destino mágico de los globos de gas y de los pájaros en viaje hacia su última morada. En la necesidad de vender cara la derrota y salir al encuentro de las causas perdidas. Por algo de eso, y no por otra cosa, debe ser que sigo creyendo que merece la pena ser periodista”.
Hasta la próxima contratapa, cómplice. La nota sigue en tu valero. Y tal vez en los comentarios de los valientes de pantuflas y teclado.
Nota de Alejandro Latorre
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