Los conocí hace un puñado de años, acodado al estaño del Paso del Portillo, cuando era el Paso del Portillo. Siempre vi sus canas y sus arrugas, pero también sentí su vigor exagerado, su desmesura para enaltecer la existencia, para cachetear a esta timorata modernidad.
Oscar Ferrari —el que está sonriendo detrás del caballero español que pintó con Salvador Dalí— agarró y se murió. Fue hace un rato; lo comunicó el jefe espiritual, El Néstor.
Su última voz ante mis oídos decía que había que armar un escenario natural en la plaza que estos colimbas de la alegría le construyeron a Don Alfredo, sobre Primera Junta, casi Rauch.
“El Nito tenía una idea bárbara. Hay que pasarle una palita, emparejar un poco y ya está el escenario”, explicaba, entusiasmaba, y después compartía el tinto en aquella reunión del Centro Cultural Chapaleofú, sobre la calle Montevideo, si no, cuál.
Los ojos de El Óscar —así aprendí a decirle también— reían como el que está tranquilo, sabiendo que la cosa no es grave, aunque algunos se asusten. Sabía, como Whitman, que al lado de la parca labura el comadrón para que la existencia nunca deje de parir. Por eso es que si viera nuestras lágrimas nos cagaría a pedo y exigiría brindar.
Así que hoy, mañana y perpetuamente: ¡salú por vos, Oscar! Te vamos a honrar.
Nota de Alejandro Latorre.

