El recuerdo es de la mañana. Ahí, en ese pasado eterno y fugaz, Freire comanda una escena cotidiana de emancipación. Pedro Tissier, Natalí Pérez, Lucio Angeloni, Gisela Gaviot y Silvina Latorre se desafían a pura creatividad. Se repreguntan las cosas, tal como enseñó el filósofo brasileño que comparte nombre con el crack de San Lorenzo, Paulo Silas; a su manera, otro gran lector.
El objeto de estudio es un barrio de la periferia tandilera en busca de un destino enaltecedor. Cinco profesionales de la UNICEN entrelazan pedagogía, territorio y acción. La estética de Enrique Dussel al servicio de la vida. El entusiasmo intelectual de Osvaldo Zarini y aquellos soñadores regionales, abriéndoles el paso a nuevas manos inquietas y proletarias.
El escenario de la reunión no puede ser más inspirador. Sobre la calle de los naranjos, en uno de los salones levantados por aquellos obreros aurinegros en el siglo cambalache, el debate se enciende con ingenio y pasión. De fondo se escucha la música de los niños de las escuelas, como gorriones al paso.
El pedagogo de los oprimidos sigue ahí. Contempla desde un cuadro que trajo el profesor Marcos Pearson, también maestro de pinceladas poéticas en forma de décimas. Freire continúa animando a construir —como cantaba Alfredo Zitarrosa— desde el pie.
El sol se trepa por la ventana. Ilumina el fulgor de las pupilas de Gaviot, que parecen sonreír, y la melena salvaje de Lucio. El reflejo se sigue estirando, metiéndose a entibiar las almas que —como canta David Lebón— van en busca de despertar en un mundo agradable.
Fotografía y tex Alejandro Latorre.

