El colectivo que nos lleva a Iruya, un pueblito de Salta colgado de la montaña, se detiene. El chofer se baja y ve la correntada del río. Los pasajeros primero sacan sus cabezas por las ventanas y después quieren bajar, por temor e instinto de supervivencia. "¡Todo el mundo adentro!", pega el grito con autoridad el conductor, que parece llevar la cinta de capitán de un equipo en la final de un mundial.
El hombre estudia la jugada. Después toma una piedra y la tira al agua. Piensa y no se decide. Va por otra roca, que se hunde después de unos segundos. Los ojos de este cronista tandilense ven el veredicto gracias al bamboleo de la cabeza del señor, que parece decir "qué otra me queda..."
El viejo colectivo es ahora un toro herido en su orgullo y sus cilindros braman ferocidad. La nave, que jamás será del olvido, se hamaca y parece quedarse con el pánico de sus ocupantes, pero minutos después cruza como un campeón por el que nadie daba dos pesos.
La escena es una de las tantas con las que se demuestra una destreza imposible de imitar por cualquier robótica o inteligencia artificial. Algo de ese saber artesano, de ritmo lerdo, es lo que exhibe la foto de este artículo.
Caminaba este apuntador por una calle de Resistencia, capital de Chaco, y se detuvo ante un fletero para preguntar por un nuevo destino. El veterano obrero del volante bajó y desplegó sobre el capó de su longevo camión Ford 600 un plano de los de antes, y con sus enormes dedos engrasados orientó mis pasos.
En tiempos de fotos satelitales y Google Maps, una lección de cálculos domésticos macanuda y fraterna, como otra que aparece al borde de la parrilla del hostel–pensión en la ciudad del quebracho y el algodón.
Raúl es el constructor que ofrece un pedazo de carne ante nuestra mirada de admiración por su manjar de tiras y achuras, y luego hilvana la charla. "Llegué a tener 40 empleados y sin terminar la escuela técnica. ¿Sabés quién me enseñó a sacar la escuadra? Un indio wichí que nunca usó un metro", cuenta.
La conversación sigue interesante, pero ese relato breve sirve como un moño para atar esos tesoros de la memoria de un viajero al que el norte le susurra profundos saberes humanos, que –como decía el Ratón Ayala en aquel comercial dirigido por Eliseo Subiela en 1976– en Europa no se consiguen.
Texto y fo Alejandro Latorre.
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Teatro, brindis y algo más
Historias de miniaturas, como estas, el sábado 29 de agosto a las 21 en La Fábrica (Pinto 359). Acercate a escucharlas con la viola del maestro Adrián Ventos y los relatos de la bella Victoria Rodríguez Lodi.
La entrada es gratuita; la salida incierta.

