Cae o cayó, escribía Borges sobre la lluvia que siempre sucede en el pasado; y en esa misma clave retrospectiva, la escena se repite: el Maestro del periodismo y de la vida —que hoy se parecen más que nunca— vuelve a ganar su lugar entre el maremoto de recuerdos inmortales que reaparecen en el viejo bodegón. Una creación del amigo del pueblo, Franco Cabrera, ese capo e ingenuo entusiasta al que lo siguen apasionando las tramas de los obreros de la pluma y la caja mágica.
Hace unos minutos, el viejo galante, atorrante y sabio de la foto volvió a hilvanar, con su oficio de orfebre de historias pendulares, la literatura, el cine y la poesía proletaria, mezclando héroes y villanos de aquel Macotandil que hoy es tan solo un lugar soñado.
La última edición de la Feria del Libro fue el escenario para la magia de las palabras. El posterior regadero de anécdotas del mejor oficio del mundo —como lo definía el Gabo— tiene a la hija en primera fila, volviendo a vivir aquellas noches en las que dos sillas eran su camita mientras el Nueva Era se redactaba.
Como en misa, los escribas y los alumnos soñadores escuchan la obra, el anecdotario de un tiempo en el que la existencia se pintaba con tinta, sudor intelectual, whisky y tabaco. Una época en la que convivían los versos de madrugada con la pobreza diaria.
“Mi vieja me decía que vaya a lo de los Bossio para poder comer”, dice el escritor, que posa su mirada en lo bajo para traer una vez más aquellas noches en las que a sus pocos libros solo las velas los alumbraban.
Horacio Becchi, su Bertoni, lo mira con ternura y captura una vez más un instante de hechizo. ¿Hay algo más deseable para un padre que la atención plena de su retoño? Sí, el vuelo. Por eso, el protagonista cede a la tentación de monopolizar la prosa y abre el juego para que su piba poetice con los demás, haciendo realidad aquello que anunciaba el querido Flaco Spinetta: “mañana es mejor”.
Así, entre descorches y carcajadas, la bostalgia —citando al otro grande, El Hage— se esfuma. La altiva memoria gana paso para hacer justicia y exhibir en la tapa a los otros dueños de las noticias: unos pequeñitos hombrecitos testarudos que continúan tratando de cambiar el mundo con sus manos.
Esto es algo de lo que registró este apuntador hace un rato, después de que Julio Varela nos regalara sus últimas páginas bajo el título “Érase una vez”, un libro eterno como aquellas contratapas.
Continuará en el escenario…
Viñetas como estas más la música del maestro Adrián Ventos y los relatos de la maga Victoria Rodríguez Lodi el 29 de agosto a las 21 en el Teatro La Fábrica (Pinto359).
El nuevo hijo de papel
El libro “Erase una vez” de Julio Varela salió hace instantes de Imprenta Independencia y se consigue en las librerías locales. El trabajo cuenta los detalles nunca antes narrados de algunas de las notas que recuerdan los lectores tras los 40 años del profesional en el vespertino fundado por José Antonio Cabral el 1 de octubre de 1919.
Tex Alejandro Latorre y su resaca
Fotografía: Horacio Becchi. ¿Quién si no?

