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Alberto “Beto” Gauna, reconocido por el Concejo Deliberante local


“Para mí, Tandil es muchísimas más cosas que el lugar donde nací”, dice siempre Alberto “Beto” Gauna, quizá el primer nombre de la historia del cine local. Hace unos días, recibió un nuevo reconocimien el Concejo Deliberante de nuestra ciudad declaró de Interés Cultural a su ópera prima, “Cerro de Leones”, película de 1975, que está cumpliendo 50 años desde el comienzo de su rodaje. Además, el realizador ha comenzado todas las gestiones para que la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) la declare Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, un procedimiento que demandará cerca de 1 año.

“Estoy profundamente agradecido por este reconocimiento del Concejo Deliberante que recibo en nombre de todos quienes trabajaron en ese proyecto, una larga la lista de las personas de Tandil que lo hicieron posible. “Cerro de Leones” nos ha dado muchas satisfacciones: ha sido proyectada en el Tandil Cine, en la Facultad de Arte y también ha participado de numerosos festivales internacionales, ganando varios premios. Recientemente, fue incorporada a BAFilm, la plataforma audiovisual de la provincia de Buenos Aires, donde seguirá convocando nuevos públicos” resumió Gauna, quien hace más de 40 años que reside en España.

Como muchos argentinos de su generación, tuvo que exiliarse durante la dictadura y para el retorno de la democracia ya había formado su familia, con hijos en edad escolar a los que no quiso imponer el destierro doloroso que vivió en carne propia. “Llegué a España y me tuve que buscar la vida. Trabajar para comer retrasa los proyectos personales: muchos exiliados pasamos por esa experiencia. Recuerdo una de las visitas presidenciales a España de Raúl Alfonsín. Nos dijo: ‘el país los necesita’. Tenía una enorme capacidad de elocuencia y una oratoria convincente y creo que muchos, a la salida de esa charla, hicieron las valijas y volvieron. Pero no era mi momento, sentí que tenía que esperar y allí sigo”, relata.

 


Soñar en pantalla grande

Beto Gauna hizo el servicio militar con Eduardo Saglul (recientemente fallecido) con quien soñaba con Buenos Aires y su posibilidad de instalarse allí para estudiar, formarse, mirar las películas de Godard y Fellini y ver de cerca de qué se trataba hacer cine. “Un día de aquellos de la colimba me encontré en el diario La Nación un aviso del Fondo Nacional de las Artes donde se ofrecían becas de fomento para la capacitación en técnicas audiovisuales. Me postulé y me la concedieron. Ya tenía un pequeño ahorro con lo cual, ni bien pudimos, nos fuimos a Buenos Aires”, recuerda.

Saglul entró a trabajar en el diario La Opinión y él, en Laboratorios Alex: “era el único en Latinoamérica, con lo cual allí se revelaba todo lo que estaba sucediendo en el cine de la región”. Por Alex pasaban los protagonistas de la industria de los 70 pero también los jóvenes realizadores del cine independiente. Conoció a todos, se formó con los maestros y aprendió mientras trabajaba. El director Nicolás Sarquís fue fundamental en ese camino. “Lo conocí cuando le pagué el taxi con el que llegó al Laboratorio. Al día siguiente estaba de vuelta para devolverme el préstamo”. Se tomaron el primer café de una lista infinita a lo largo de esa frondosa amistad. “Un día lo llamé: le pedí que me dejara entrar en su equipo. Me incorporó en dirección como asistente de “La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro” que estaba en etapa de preproducción. Fue una verdadera escuela y soy consciente que tengo una gran deuda de vida con Nicolás: aprendí in situ qué se hace y qué no, trabajando en una ficción que, en realidad, era una novela filmada, con guión del propio Sarquís y la estrecha colaboración de Haroldo Conti”, subraya.

Hijo de una enfermera del Hospital Municipal y de un fundidor de Metalúrgica Tandil cuando la empresa fundada por Santiago Selvetti era la meca de la fundición nacional, Beto Gauna fue también uno de sus 2300 obreros, cuando todavía era alumno de la Escuela Técnica.

“Por esas cosas de la vida llegué a una isla, la mesa de los sueños de la confitería Rex, donde se juntaba la gente del Cine Club: el gordo Soriano, Eduardo Saglul, el gordo Ignacio Ródenas, con el que entablé una amistad para siempre y con el que montamos Grupo Torio, el lugar desde donde soñamos hacer cine y donde nació el documental “Cerro de Leones” (1975).

Al decir del periodista y cinéfilo Julio Varela “Gauna estuvo en donde tenía que estar y con algunos de quienes debía estar antes de regresar a Tandil para realizar, con un equipo local, un cortometraje sobre acontecimientos relevantes para la historia del movimiento obrero local”.

 

El cine de los 70

¿Cómo era el cine documental en la Argentina de los 70? “La hora de los hornos” (1968) de Octavio Getino y Fernando “Pino” Solanas se había convertido en el paradigma de aquellos tiempos: un discurso base, una explicación histórica de que había llegado el momento de que la clase obrera se convirtiera en el sujeto social fundamental para la transformación revolucionaria del país. “Cerro de Leones” es hija de ese paradigma de la industria audiovisual testimonial que le mostró al mundo, por primera vez, la “Huelga Grande” de 1908, cuando cientos de obreros canteristas paralizaron la actividad durante casi un año.

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