Investigación y Redacción: Damián Miguel
Entre las joyas turísticas que tiene el partido de Rauch está el Castillo “San Francisco” de Egaña.
Escondido tras un frondoso monte a pocos metros de la Estación Egaña se encuentra este castillo construido entre 1935 y 1938 bajo las instrucciones del Arquitecto Eugenio Díaz Vélez, a la vez propietario del mismo.
Dice la historia que su dueño nunca llegó a la inauguración y, tras su deceso, quedó el Castillo y los campos que le rodeaban para sus hijos.
Haydée Arce fue una de las vecinas de localidad que lo conoció en su esplendor “Era fantástico. Por la amistad con los encargados, recuerdo que dejaron que celebre un cumpleaños cuando era chica en el Castillo. Todavía recuerdo los toalleros en el baño con pequeñas rosas y unos muebles increíbles”
Miguel “Cacho” Fernández y Manuela “Lita” Ondicol fueron otros de los vecinos que conocieron y trabajaron en el Castillo.
“Cacho” trabajó durante 19 años con el hijo de Nicolás Carosella, que fue el mayordomo original y recuerda “Me fue a buscar a la casa para que le barriera un poco el Castillo. Yo me subí barriendo, porque habían quedado todas las cosas amontonadas. Me perdí. De tan grande que era. Sí Dios quiere, yo me perdí.”
Desmiente “Cacho” el mito de que había quedado la mesa armada cuando se conoció el fallecimiento del Arq. Díaz Vélez y describe “La cocina acá era grandiosa. Una cocina hermosa, con todos los repasadores. Vos sabés qué leñera tenían para hacer la leña!.”
Tanto “Cacho” como “Lita” recuerdan el paisaje que rodeaba al Castillo, más allá del monte, repleto de frutales y con un parque diseñado por un paisajista “Había plantas y frutas de las que pidieras. Ahí estaba la manzana colorada, la manzana cara negra, pera, membrillo, ciruela. Adelante del castillo estaban las plantas de ciruela blanca y remolacha, la grande, plantas de limón. A esas las sacaron a todas. Estaban los puestos del campo, que eran esas casas grandes que se ven alrededor de la casa del mayordomo. Muy importantes”
Tras su época de esplendor, en los primeros años de vida del Castillo, vino un período en el que la administración estaba a cargo de una empresa con sede en Buenos Aires, hasta la conocida expropiación dispuesta por el Gobierno del Dr. Oscar Alende (1958-1962).
El campo, incluyendo su fastuoso casco, quedaba a cargo del Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia.
Previo a su entrega, se realizó un increíble desalojo de muebles y enseres. “Cacho” Fernández recuerda “Vinieron en un momento a dar la orden de sacar todos los muebles. Y a eso vino el mayordomo. Le comunicaron que había que limpiar porque eso se expropiaba”.
Tomó posesión de las instalaciones el Ing. Salomón Ortiz Torres, quien era delegado del Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia y llegó a Rauch para hacerse cargo de la Colonia Martín Fierro y la Colonia Langueyú, otras expropiaciones del Estado que terminaban repartiendo tierras entre varios colonos de Rauch en esa época.
Entre las primeras medidas, se convocó a quienes trabajaban habitualmente esas tierras “Vinieron todos y ahí anotaban. Estaban Manolo Poffer, Miguel Mariejhara... Les decían, que si querían quedarse, se quedaran” recuerda don “Cacho”.
Una imagen inolvidable que atesoran en sus recuerdos es la de importantes muebles que se tiraban por las ventanas en la operación de desocupación “Los que no servían, que estaban todos por ahí, se arrojaron. Los tiramos al fuego, desde el tercer piso. Cuando caían, el fuego hacía unas lenguas como de cinco metros, seis para arriba”.
“Lita” recuerda el mobiliario que encontró en el lugar cuando entró a limpiar el palacio “Los muebles eran impresionantes también, todas las cosas que había… Todos muebles antiguos. Mucho había de mimbre, esos se quemaron. La fuerza con que prendía el fuego!. Todo, todo se prendía fuego. Porque algunos me decían que era nada más que los que estaban con bichos, pero no, todos se prendieron. Mimbre, no sé la cantidad de cosas que prendieron. Estaban todos con las letras. Los repasadores, toallas, toallones, sábanas, las colchas… todos tenían las letras. “
“Los Bullrich se llevaron muchas cosas. Muebles buenos. Lo demás se quemó todo. En el Castillo en sí, no vivía nadie. Sí todos los puesteros y el Mayordomo en las casas del predio.” recuerda Cacho.
Haydée Arce, junto a su nuera Lucrecia Chiclana –Directora de la Escuela Nro. 35- recuerdan quiénes fueron los diferentes encargados del lugar “Después de Carosella, estuvo como Mayordomo Eduardo Caminos. Le siguió Sánchez y luego ingresó Etchebarne.”
El Internado
Si bien las historias tenebrosas que rodeaban al Castillo no son reconocidas por los lugareños, muchas de ellas se basan en la época en que funcionó como hogar y escuela de menores.
Corría el año 1964 y la expropiación encarada por el gobierno de Oscar Alende puso énfasis en el reparto de tierras para su colonización, pero no había tomado decisión alguna con el Castillo y sus magníficas instalaciones, que seguían siendo cuidados por encargados.
El Gobierno Nacional estaba encabezado por Arturo Illia y Anselmo Marini era el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
El ayacuchense Alberto Zubiaurre era Ministro de Asuntos Agrarios y bajo su órbita estaba el Castillo de Egaña. René Pérez, abogado y docente de Junín, era el Ministro de Educación.
Pensaron en algo que enlazaba sus carteras, que era la creación de una Escuela Agropecuaria aprovechando el amplio parque que rodeaba al Castillo y sus instalaciones.
El plan era, que este establecimiento diera contención y formación a chicos huérfanos de diferentes puntos de la provincia. Para esto trajeron nuevo personal. También trajeron unos curiosos ejemplares “ como cincuenta novillos holandeses, con unas aspas largas.” recuerda Cacho Fernández.
Uno de los doce alumnos que formó la primera delegación que llegó al lugar, bajo la conducción del docente y apicultor marplatense Gabriel “Paco” Bermudez, cuenta "Me propusieron ir a Egaña, no conocía absolutamente nada. Me contaron que iban a hacer una Escuela Agropecuaria, que estaban buscando chicos a los que les gustara el campo. Yo era apicultor y me interesó porque me dijeron que llevaron 20 colmenas ahí al Castillo. Cuando cosechara esa miel, iría a parar a los colegios de minoridad.
"Una vez en el lugar, no era lo que imaginaba. Pensé que sería un colegio de los tantos, que habría mucha disciplina. Pero encontré que estaba mucho más libre, que podía desarrollar lo que me gustaba. Me impresionó el edificio, aunque extrañaba el Colegio de Curas donde estuve antes. Ahí en el Castillo teníamos un sólo profesor que nos decía: "Ustedes hagan la tarea, que después tienen toda la tarde libre." Teníamos una libertad absoluta. Éramos 12 chicos seleccionados. La idea era reunir jóvenes como para abrir una escuela. Yo estuve prácticamente 5 años, desde los 15 hasta los 20." agrega.
Ese grupo original tuvo una buena convivencia, y se repartían tareas “A mí me gustaba mucho cocinar. Y en la cocina anduve mucho. Los víveres, venían en un camión desde La Plata todos los meses. Con las cosas que nos podían faltar. Minoridad hizo una cuenta en el almacén Lazarte y en la carnicería de Arce en aquella época, donde nosotros íbamos a buscar lo necesario, la galleta, la carne y esas cosas. Heladera teníamos una a kerosene”.
Las maestras eran Nilda Souverville y Cristina Di Lorenzo. Con Cristina pudo hablar Lucrecia Chiclana, a quien le relató cómo vivían los alumnos en aquellos años, con horas de clase y sin incidentes.
Haydée Arce rememora que Bermúdez dejó un grato recuerdo no sólo en los alumnos “Era un hombre muy amable, los chicos jugaban en el Torneo de Fútbol Agrario, hacían distintas actividades, venían chicos de escuelas de Rauch a pasar el día, celebraba los cumpleaños de 15.”
La vida de los internos estaba compenetrada con la de la comunidad “Nosotros frecuentábamos a varios vecinos. Por el campo de Carosella pasábamos para ir a Egaña; cruzando el campo, estaban los Ondicol. Del otro lado estaban los Poffer . Nunca tuvimos problema. Nosotros, por lo menos en esos cuatro años y pico, casi cinco que estuve, jamás tuvimos problema con los vecinos. Del lado de la casa del mayordomo vivían los Juez, que eran los que nos llevaban la leche. Y les pagaban a ellos toda la leche que nos suministraban." cuenta.
Pero el 28 de junio de 1966 sobrevino un (nuevo) Golpe de Estado en la Argentina. El gobierno de Illia fue derrocado por un combinado de fuerzas armadas y sindicales encabezado por Juan Carlos Onganía.
Bermúdez fue reemplazado por un hombre de extracción militar de apellido Graciani, quien se tuvo que ir antes de tiempo, luego de un accidente donde se le disparó el arma que portaba siempre en su cintura, provocándose una herida en la pierna.
A él, le sucedió otro Director de extracción militar, de apellido Catavi. En su gestión, se hicieron reformas edilicias en el lugar y comenzaron a llegar internos provenientes de lugares judicializados. Ya el sueño de la Escuela Agropecuaria había quedado en el pasado.
"Todo se empezó a deformar cuando entró Catavi, comenzó a poner disciplina y ahí se transformó todo." contaba el interno que venía del grupo original.
Bajo su directiva, los propios internos fueron encargados de derribar paredes interiores del Castillo con el objeto de agrandar el espacio y hacer lugar para que lleguen más jóvenes.
Eso tuvo sus consecuencias, porque se derribaron paredes estructurales. Según cuentan vecinos del lugar, hubo dos intentos de dar la concesión del castillo a empresas con capitales extranjeros (hablan de una alemana y otra japonesa) pero, cuando analizaron con ingenieros la estructura del Castillo, desalentaron la inversión a raíz de esas reformas.
Entre los internos originales había un joven de apellido Herrera. Cuando llegó a la mayoría de edad (por ese entonces a los 21 años) no se fue del lugar, sino que fue empleado como Celador.
Tenía una buena relación con Eduardo Burg, el administrador, y con el Director Catavi.
“Catavi no socializaba, era de perfil bajo, ex militar.” cuenta Haydée Arce, quien trabajaba para el Internado por esos años.
Si bien la historia oficial cuenta que Herrera era un interno que terminó asesinando a Burg en el Castillo, vecinos de Egaña descreen de esa versión y sostienen otra que se puede ratificar por diferentes fuentes.
“Perdoname, pero en el Castillo no mataron a nadie. A Burg no lo mataron en el Castillo. Lo mataron en el galpón de su casa, que está cerca” cuenta don “Cacho” Fernández.
¿Por qué vecinos de Egaña desmienten la versión oficial?
Herrera no era un interno en mayo de 1974 cuando ocurrió el asesinato, sino que estaba como empleado del Internado, cumpliendo funciones de celador y, como decíamos, tenía buena relación con Burg y con el Director Catavi.
Las versiones sobre los motivos son variadas. Unas indican que Herrera acusaba a Burg y Catavi de haberse quedado con una supuesta herencia que le correspondía.
El interno –quien conocía bien a Herrera porque fue también de los alumnos originales de la Escuela Agropecuaria- cuenta otra versión “Catavi, el administrador Burg y otras dos personas, entre los que estaba mi excompañero, Herrera, arrendaban el campo del Castillo. Creo eran 50 hectáreas de casco y 150 hectáreas de campo."
"Primero iba todo bien, pasaron unos dos meses y a este chico lo empezaron a dejar afuera del producto que recibía y se armó una. Él tenía bronca, y se la fue tragando, tragando, ... hasta que tuvo la mala idea de, con una carabina, dispararle primero al director, a Catavi. Tuvo suerte de que la bala pegó en la ventana, todavía está la marca de la bala. Pegó en el marco de la ventana, que tenía vidrio repartido, dio en uno de esos marquitos, la bala apenas se desvió, pero le alcanzó a rozar la frente y parte de la cabeza al Director."
Haydée también recuerda el incidente de manera muy clara, porque refiere que ocurrió una noche en la Casa del Mayordomo, donde aún se puede encontrar la muesca de la bala que rebotó.
De todas maneras, nadie identificó al autor de ese disparo. Algunos vecinos cuentan, sin embargo, que tras ello fue el propio Burg quien le dio dinero a Herrera y lo acompañó a tomar el tren para que se vaya del lugar.
Pero, el ex interno y ex empleado resentido no le hizo caso. Bajó del tren y buscó venganza.
El 14 de mayo de 1974 fue este trágico episodio y el interno recuerda “Él conocía bien la casa de Burg porque había trabajado de tambero y todas esas cosas ahí. Le atendía los animales. Burg todas las tardecitas, cerca de la noche, iba a darse una vuelta por el campo. Cuando abrió el portón, ya lo estaba esperando este muchacho adentro. Había roto una ventana y se había metido. Fue ahí cuando le disparó. Y aparentemente, no lo mató de una. Burg, en lucha para poder zafar de eso, se trenzó en pelea con Herrera, pero ya tenía los balazos encima. Perdió la fuerza y mucha sangre, y cayó.”
“Ese día había llovido y Burg tenía una Rambler Classic, de aquella época. Herrera subió al auto, aunque mucho no había manejado. Había un poco de barro, así que llegó hasta el arroyo, y la camioneta se encajó. No la pudo sacar y se fue a pie."
"Fue ahí cuando desapareció. Los vecinos vieron la camioneta que estaba en el camino y pensaron que a Burg se le habría encajado y vendría a buscarla después. Al otro día, volvieron a ver la camioneta, y fueron a ver qué pasaba y si podían dar una mano. Como no encontraron a nadie, fueron a la casa, vieron que el portón estaba semiabierto, lo abrieron, se metieron y encontraron como unas bolsas de arpillera. Cuando removieron las bolsas vieron el cuerpo sin vida de Burg, que lo habían tapado "
Aún cuando la búsqueda policial había comenzado, no eran muchos los medios en ese entonces. Uno de los testimonios señala "Era un muchacho que nunca había salido de ahí, del campo, no sabía a dónde ir, andaba deambulando cerca del Castillo, en donde tiraban la basura, la comida. Un empleado, que salía a tirar las sobras, lo encontró buscando algo para comer. Le dijo "Quedate tranquilo, yo no te voy a denunciar.”
Haydée recuerda la conmoción de un episodio de ese tipo en esos años. “Nadie podía creer lo que pasó. Hasta que un vecino encontró en el embarcadero del tren unas botas y una camisa manchada de sangre. Herrera se había subido al tren y se había ido”
Pero, no fue muy lejos. En Colman fue visto caminando en las vías. Un vecino dio aviso a la Policía, la que concurrió al lugar con una partida encabezada por el Comisario Soto y lo detuvieron.
El Internado continuó algún tiempo bajo la dirección de Catavi, quien luego fue reemplazado por otro Director de apellido Angeletti.
En el país había ocurrido otro intermedio democrático, para caer nuevamente bajo la dictadura militar en 1976.
“Cerró en enero de 1979” recuerda con precisión Haydée Arce “Trasladaron a los chicos que había y se cerró”.
La historia posterior del Castillo fue oscura. “(El ex comisionado municipal) Jorge Ugarte dispuso su entrega a una Escuela de Tandil. Pero no hicieron nada. La gente empezó a llevarse cosas y a romperlo” recuerda Haydée, quien continuó viviendo en el Castillo mucho tiempo más.
Recién en 1984, con José Gabriel Dumón a cargo de la Dirección General de Escuelas, se firmó un convenio con la Fundación “San Francisco” que es la administradora de la Escuela Agropecuaria “Eustoquio Díaz Vélez” de Rauch.
Desde entonces, los alumnos cuentan con el campo y el tambo para su explotación y las prácticas agrícolas.
“Nosotros estuvimos unos años más con Etchebarne. Pero había que encargarse de mantener todo y era demasiado. Hasta que a mi marido lo pasaron al Ferrocarril y se jubiló” cuenta Haydée.
El deterioro del Castillo fue inmediato. El ex interno cuenta con qué se encontró cuando volvió a visitarlo " Me ha dado lástima, la verdad me dio una pena tremenda, vi cómo se habían robado las tejas, las aberturas."
“Lo rompieron todo, no dejaron nada, sólo los cuentos” dice Cacho Fernández.
Hubo un grupo de vecinos, entre quienes participaban familiares de Burg, que intentaron en el 2014 recuperar el Castillo, formando una ONG al efecto. Trabajaban de manera abnegada para cortar el pasto, armar una cantina, colocaron juegos y trataron de reparar con pocos recursos algunos lugares de mayor riesgo.
En ese entonces, se cobraba una entrada a quienes llegaban a visitar el lugar, con cuyos fondos se costeaban algunos gastos.
Sin embargo, no tuvieron el apoyo necesario para continuar la tarea y el grupo se disolvió.
En el año 2020, el Ministerio de Asuntos Agrarios entregó en comodato a la Municipalidad de Rauch el predio del Castillo. Pero, desde entonces, no pudo encontrarse una solución. Hoy en día, si bien figura como lugar cerrado al público, muchos turistas de la región van semanalmente a visitarlo.
Algunos lo hacen de manera temeraria, como aquel vecino de Tandil que intentó treparse por los oxidados caños de calefacción y cayó sufriendo una dura lesión.
Por eso, el futuro de este majestuoso edificio continúa siendo una incógnita. Por el momento, sólo queda recordar los versos de María Elena Walsh, en su canción “Los Castillos” que reza “A las altas ventanas suben / Los pájaros muertos de miedo / Espían salones vacíos / Abandonados terciopelos/ Los dragones y las alimañas/ No los defendieron del tiempo/ Los castillos están solos / Tristes de sombras y misterio

