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Domingo 20 de Septiembre de 2020 | 8:51 |

Sentí los latidos de Petra

DIARIO DE VIAJE: GRACIELA GARGIULO $datos[

Petra es una ciudad excavada y esculpida en piedra, en Jordania. La luz del día otorga tonalidades increíbles a las piedras que juegan con los rojizos, ocres, marrones, rosados. No dejás de asombrarte...

Un largo viaje desde Amman, la capital de Jordania, nos llevaría a Petra. No fue difícil contratar hotel ya que la temporada era baja así que elegimos uno que está cerca de la entrada al famoso lugar protegido como Patrimonio de la Humanidad.

Petra había sido capital del Reino Nabateo en el siglo VII antes de Cristo.

Se trata de una ciudad excavada y esculpida en piedra.

Tuvo su apogeo cuando estaba en la ruta de las caravanas que comerciaban fundamentalmente especias y toda clase de productos de lujo uniendo Egipto, India y otros países árabes. Luego fue dominada por el imperio Romano y anexada a los demás territorios.

Las rutas de las caravanas cambiaron y los sucesivos terremotos hicieron que la ciudad fuera abandonada. Los Nabateos eran un pueblo nómade.

Comenzamos a caminar a pocas horas en que había salido el sol porque nos habían recomendado como el momento más propicio para tomar buenas fotos. La luz del día  otorga tonalidades increíbles a las piedras que juegan con los rojizos, ocres, marrones, rosados.

Los pasadizos por los que se camina fueron formados por la erosión del agua. Las rocas son abruptas y empinadas.

El camino empieza con formaciones rocosas bajas y luego va cambiando hasta encerrarte en estrechos senderos de no más de 2 metros de ancho, lo que se conoce como “Siq”.

La ciudad está en una zona de placas geológicas que se juntan, lo cual origina los movimientos sísmicos tan frecuentes.

 

Mientras caminaba no podía contener mi ansiedad por ver las primeras imágenes de lo que se llama El Tesoro, la tan conocida postal de Petra. El nombre no tiene nada que ver con ningún tesoro. Se cree que puede haber sido una tumba real o un templo. Se cuenta que los beduinos saquearon los restos arqueológicos que había en su interior.

La fachada es impactante. Todo un despliegue de color rosado se levantaba allí sólo para nuestros ojos. Ese monumento único se mezclaba con los beduinos en sus camellos y los carritos tirados por caballos para dar un paseo. El tiempo se detuvo y yo también.

Todos los edificios que se ven a lo largo de las caminatas fueron construidos por los Nabateos no en una red de calles sino en terrazas naturales en las paredes del valle o directamente excavados en las rocas.

Los Nabateos controlaban el agua y convirtieron el lugar en un oasis. Construyeron diques, cisternas y diversas formas para hacer un uso controlado del agua para provisiones en tiempos de extrema sequía.

Una vez que saqué todas las fotos que quería del magnífico Tesoro seguí el camino hacia El Monasterio.

El camino no está muy bien señalizado así que es necesario preguntar a los locales. Encontrás beduinos que ofrecen sus artesanías, otros que se ofrecen como guías. Preferí seguir sola hasta encontrar lo que me habían anticipado como un camino complicado y sí que lo fue. Antes de la escalinata de casi 1000 escalones podés ver la influencia dejada por el imperio Romano en lo que se llama la “calle principal” rodeada de altísimas columnas.

Me cuentan que hay cientos y cientos de cuevas entre las rocas donde solían vivir los beduinos. El hecho de prender fuego para cocinar hacía que la roca se resquebrajara. Esto hizo que el gobierno, con el fin de proteger la zona arqueológica, los trasladara a otros sectores para lo cual se construyeron viviendas. Este hecho generó polémicas hasta el día de hoy.

Y finalmente me aproximé a los escalones, altísimos y bastante complicados para escalarlos. Algunos caminantes eligen subir en burritos pero se me partía el alma al ver a esos pobres animales haciendo un esfuerzo terrible cargando a turistas en sus lomos.

Llegué!!!!! Fueron casi 1000 escalones rodeados de un paisaje cada vez más y más bello a medida que se asciende. Vale la pena detenerse en cada tramo y mirar hacia todos los puntos cardinales. No dejás de asombrarte.

Allí estaba El Monasterio, que sólo es la fachada de una tumba, un monumento funerario, así que no tiene nada que ver con el nombre impuesto. Quizás tenga que ver con unas cruces talladas que se encontraron en su interior.

Además de la bellísima fachada hay un lugar para descansar que simula una enorme tienda de desierto, con gruesas alfombras y almohadones para sentirte una verdadera beduina.

La bajada fue más simple y rápida. Recorrí otra vez el mismo camino, por última vez. Ya eran las horas del atardecer y las piedras tenían otro color.

Quiero volver. Quiero volver a sentir los latidos de Petra.

Gentileza Graciela Gargiulo. Autora de "Viajera"

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