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Domingo 20 de Septiembre de 2020 | 4:46 |

La Rioja. Travesía Pampa de la Viuda

DIARIO DE VIAJE: CARLOS CENTINEO $datos[

Travesía Pampa de la Viuda – La Rioja. Nos tocó vivir una fuerte experiencia, de las que forman parte del equipaje interior, que va templando el alma. 

Carlos Centineo y Marcelo Palahi se propusieron realizar esta travesía que no figura en los itinerarios turísticos. Allí donde el GPS y la brújula no son suficientes para llegar a buen puerto, siempre queda la intuición, el sentido común y el compañerismo para decidir qué rumbo hay que tomar. No te pierdas la historia...

Motivación del viaje

El cordón de Velazco en la provincia de La Rioja se extiende de norte a sur separando la capital de la provincia de la bella y turística ciudad de Chilecito. Tiene su punto máximo en altura en el macizo Morado con 4920msnm.  Hace algunos años se inició una importante obra vial para unir estas localidades y que quedó trunca, llegando con una ruta de montaña hasta la Pampa de la Viuda. Dos rutas nacionales corren a su lado, sobre el este la RN75 que pasa por Sanagasta, Anillaco… y sobre el oeste la mítica RN40.

Habiendo recorrido la zona en varios viajes, y sabiendo que está previsto continuar la obra, se nos ocurrió cruzar este cordón en un trekking antes de que el camino y la civilización terminen con la magia del lugar.  Así fue que junto con mi amigo y socio Marcelo Palahi, con quien formamos Kumbre hace muchos años, decidimos salir a buscar esta aventura.

La previa

La visita al IGN nos permitió mirar la carta topográfica. Lamentablemente esta se encuentra agotada y justo el día en que viajamos para adquirirla, la fotocopiadora del Instituto no funcionaba.  Por esta razón solo pudimos comprar la imagen satelital (ref. Chilecito 2966-19) que por supuesto no tiene una imagen actual y ni siquiera aparece en la foto la cuesta asfaltada que nace en la RN75 a unos 15km al norte de Sanagasta y lleva hasta la Pampa de la Viuda. 29º16´30”S  67º08´40”O

Conversamos en Tandil sobre la idea con Lalo Michelini, un gran amigo, quien tiene mucha experiencia en trekking y orientación y agendamos una serie de puntos (latitud y longitud) para tener una idea de la ruta a seguir.

La travesía era caminar unos 50 km razón por la cual preparamos mochilas de montaña, calentador, carpa, bolsas de dormir de pluma, bolsa de vivac, alimentos varios, 8 litros de agua, etc, etc.

Al llegar a Sanagasta contactamos a la gente de Turismo, quienes nos vincularon con Defensa Civil.  Luego de explicar las motivaciones del viaje, objetivos, equipo disponible y nuestra experiencia; acordamos encontrarnos en la mañana del día siguiente (viernes santo) para que nos llevaran hasta el final del camino de asfalto, lugar donde iniciamos la caminata.

El trekking

Nos levantamos temprano, antes de la salida del sol, desarmamos la carpa que habíamos instalado en un terreno que nos alquilaron como camping (el camping del lugar estaba cerrado) y esperamos que nos pasara a buscar la gente de Defensa Civil. Como no llegaron en el horario acordado, fuimos a buscarlos y tras esperar que despierten nos llevaron en la camioneta hasta Pampa de la Viuda. En el trayecto intentamos conversar sobre la travesía, la zona que recorreríamos, las dificultades, pero nada obtuvimos de esta persona que evidentemente estaba contrariada por tener que madrugar para llevarnos y quizás también porque éramos intrusos en su territorio.

A las 7.30hs, con las mochis colgadas en nuestras espaldas, comenzamos el ascenso por un sendero rústico pero bien marcado, que es lo que queda de la obra vial abandonada.  Siempre hacia arriba, ondulando entre cerros que dejaban ver nuevos picos más altos, fue quedando atrás la ruta de asfalto, las vacas y caballos y toda evidencia de transito reciente.

Después de varias horas de caminata firme, aparece la primera bajada que nos conduce a lo que de lejos vimos como un refugio.  Un par de álamos rompen ahí la hegemonía de la vegetación rústica, achaparrada y espinosa que caracteriza a la región.  Ya de cerca, el refugio no era tan cosa, sino un pequeño galpón de bloques, abandonado y sin techo, que fue utilizado para guardar herramientas de vialidad.  Además de esto, encontramos un manantial, que mantenía con vida a los únicos árboles que vimos en todo el recorrido.

Con 7 litros de agua mineral en las espaldas y habiendo llegado a la zona más alta del recorrido (unos 2800msnm) no consideramos importante cargar agua del manantial y continuamos la marcha.

Poco más adelante se termina el sendero que ya para esta altura venía bastante borrado.  Desde allí, sin más pistas para seguir, comenzamos a utilizar el GPS siguiendo los puntos que teníamos registrados.  Andando sobre la zona más alta vimos aparecer el Co Gral. Belgrano, más conocido como el nevado de Famatina hacia el noroeste con sus 6250msnm.  Calor al mediodía de una mañana absolutamente limpia y sin nubes. El ritmo fue cambiando, la vegetación que dejaba evidencias en nuestras piernas ponía freno al promedio que veníamos sosteniendo.  Comenzaron los descensos, intentando buscar la mejor opción para salir a la quebrada que nos llevaría hacia Chilecito.  Fuimos perdiendo altura y quedando encajonados en un curso de agua absolutamente seco.  El arroyo seco zigzaguea y baja en altura, por todos lados hay cactus y una especie de clavel del aire seco.   Un cóndor planea sobre nuestras cabezas lo suficientemente bajo como para escuchar el sonido que produce el viento en sus alas al planear. Hermoso espectáculo.  Ya se ve la llanura al otro lado y las siluetas de Nonogasta y Chilecito tal cual las habíamos mirado en Google Earth.  Solo un detalle no vimos en la compu. El lecho pedregoso comienza a tener saltos, que seguramente con lluvia son bellísimas cascadas, pero para nosotros son un problema.  Más bajamos, más altura tienen los saltos…

A eso de las cinco de la tarde, nos detenemos frente a un salto de unos 3 metros que nos obliga a reflexionar. De los 8 litros de agua, nos quedaban 3, el final del cordón estaba a la vista, a pocos metros adelante, pero muchos hacia abajo. Cada salto que seguía era más importante y no teníamos cuerdas ni  arneses para poder superarlos. Conversamos sobre las opciones, que hacia el norte, que hacia el sur… finalmente elegimos no arriesgar. De seguir intentando terminar la travesía manteniendo el rumbo, debíamos asumir la posibilidad de quedar ya demasiado lejos para volver considerando la cantidad de agua consumida. La opción menos riesgosa era volver sobre nuestros pasos e intentar llegar al manantial que a la ida prácticamente ignoramos.

Afortunadamente registramos las coordenadas del manantial en el GPS y también, siguiendo los consejos de Defensa Civil, fuimos dejando evidencias de nuestro paso. A pesar de tener poblaciones visibles nunca conseguimos tener señal de celular, aunque esto no hubiese cambiado en mucho nuestra suerte.

Decisión tomada. Acampar, dormir (o al menos intentarlo) y regresar hasta encontrar agua. Por supuesto que la cena quedó cancelada para ahorrar agua. Comimos pan y alguna galletita. Entre las cosas que llevamos había una botella de vino que decidí abrir sin demasiados festejos. No es recomendable ingerir alcohol en una situación de deshidratación, pero en la noche de viernes santo ese vino fue memorable. Botella y vaso de vidrio afuera de la carpa, luna llena que dejaba el cerro iluminado como una cancha de futbol y de a sorbos fue bajando la botella.

Una noche en silencio, con las palabras justas, por la sed y principalmente por saber que nos esperaba un día duro de caminata, restringidos en líquido, cargados y cansados.

Mi desayuno fueron 3 galletitas dulces y ½ vaso de vino. No había muchas opciones.  Ya se lo que está pensando el lector en este momento sobre mi relación con esa bebida…

Nuevamente antes de ver el sol, desarmamos el campamento y caminamos en sentido contrario al que veníamos. Abandonar el arroyo y comenzar nuevamente a recorrer los cerros campo traviesa fue tarea dura. Los pinches de la vegetación ya parecían no molestar. La cabeza ya estaba en otro lado, con otra preocupación mucho más grande que las espinas que veníamos juntando en las piernas.

De a ratos aparecía alguno de los folletos que fuimos dejando bajo piedras a la ida para tener un rastro. Eso nos confirmaba que estábamos regresando por el camino correcto. ¿Camino? una forma de decir, ya que no había sendero ni siquiera de animales.

En el silencio de la mañana un guanaco (supongo, era un guanaco, porque apenas se apreciaba a simple vista) desde uno de los picos produjo un sonido que literalmente sonaba a carcajada, como si se estuviese riendo de estos dos seres lentos y torpes internados en su territorio.  Después corrió tan rápido que dejamos de verlo pronto, con una gracia y agilidad que envidiamos profundamente.

Nuevamente un día de pleno sol que ayudaba para intentar reconocer los lugares por donde transitamos el día anterior, pero que también nos aumentaba la necesidad de hidratarnos.  Fuimos restringiendo al máximo el líquido. Las pausas eran cada vez más frecuentes y prolongadas, los tramos que avanzábamos cada vez más cortos. 

Llegó un momento donde tomamos la decisión de abandonar parte del equipo. Era más importante llegar al manantial, aunque sea sin nada, que seguir con todo el equipaje y finalmente no llegar. Descartamos una mochila, bolsa, alimentos, abrigos, carpa.  Y seguimos sólo con una con lo más elemental.

Sobre la tarde del sábado vimos a lo lejos las siluetas de los álamos. Vimos mucho más que eso.  Esos álamos simbolizaban la vida. Llegamos. Nos salvamos. Para nosotros ese lugar ahora se llama El Paraíso. El sol de la tarde daba un color ámbar a las hojas de los árboles, y por la presencia del manantial y pasto,  es verde intenso. 

Marcelo sin titubear tomó agua, yo preferí esperar unos 10 minutos para tomar el más rico mate cocido que haya tomado en mi vida. Otras eran nuestras caras, nuestro ánimo.  Ya no teníamos la lengua pegada en la boca, sensación muy fea en verdad.

Decidimos entonces que pasaríamos la noche allí, improvisando un refugio en las paredes del pequeño galpón abandonado. En esto, Marcelo que es mucho más práctico, enseguida juntó, desarmó, enderezó, apiló… todo lo que había para pasar la noche lo mejor posible. Juntamos ramas y encendimos fuego. Lamentablemente no teníamos comida porque la dejamos cuando eliminamos parte del equipo. Otra noche sin cena. Solo galletitas y pan, pero felices por tener agua.

Fuego, charla, risas, humildes festejos y a dormir.  Una bolsa de pluma y una de vivac.  Grrrr que frío!!

Café con leche para el desayuno, muy cargado de leche en polvo para mi gusto y mis intestinos (veníamos con hambre), y salimos a buscar las cosas que dejamos en el camino.  Regresamos nuevamente a nuestro “paraíso” y finalmente pudimos comer unos fideos. Con el estómago feliz iniciamos el regreso ya por sendero marcado y en descenso hasta la Pampa de la Viuda. Ahí nadie nos esperaba, así que nos faltaba caminar un buen rato más. Dejamos las dos mochilas escondidas tras unas plantas y caminamos casi 20km hasta que nos levantó un auto que nos dejó en la puerta de Defensa Civil de Sanagasta.

Reflexiones

Esta aventura fue una experiencia muy rica.  Se aprende de los aciertos y errores. 

Fue una equivocación intentar la travesía sin la carta topográfica. Las imágenes satelitales nos dieron una idea de lo que encontraríamos pero definitivamente conocer el desnivel es fundamental.

Seguramente fue un error no parar en el manantial y cargar agua. En realidad, la estrategia en un próximo viaje será llegar hasta allí, parar, hidratarse, acampar y continuar al día siguiente.  Ya nos prometimos volver y seguramente será con más amigos para compartir esta vivencia.

La época del año fue ideal, el clima muy agradable durante el día para andar de manga corta. Las noches frías son normales y con equipo adecuado no resultan un problema. El brillo de las piedras y el contorno de los cerros iluminados por la luna llena quedaron gravados en nuestra memoria.

Fue un acierto elegir al compañero de viaje, quien ya para esta altura es un compañero de vida con el que nos ha tocado campear más de un temporal. Con más kilos en su cuerpo de los que debería tener, demostró y se demostró que tiene unas condiciones increíbles y una cabeza a prueba de todo. En todo el recorrido jamás hubo discusión, ni siquiera en los momentos más tensos, donde la falta de agua o el cansancio nos pusieron a prueba.

Nos tocó vivir una fuerte experiencia, de las que forman parte del equipaje interior, que va templando el alma. No hay muchas fotos, y se comprenderá que por momentos no daban ganas de sacar la cámara. Pero quedamos llenos de imágenes, recuerdos, con el pecho inflado por sentirnos capaces de sobrepasar las dificultades y salir adelante.

Quienes quieran más info de esta travesía pueden escribirnos a info@kumbre.com Marcelo y Charly www.kumbre.com

 

Gentileza Carlos Centineo

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