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Opinión: "El adolescente tirano y su mundo hoy"

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Por el Lic. Ángel Orbea. Hablar del mundo es hablar de la representación como imagen  mental que de él se tiene. Pero para eso es necesario una serie de procesos en que el Otro del lenguaje, el Otro social, familiar etc.,  interviene de una manera que no escapa a la época y, por lo tanto, es materia de permanente mutación.

Se dice que el adolescente es alguien saliendo de la infancia que se encuentra con un doble trabajo: hacerse una representación del mundo donde aquellas ideas de la infancia comienzan a caer, y encontrarse con un  cuerpo nuevo, pulsional, sexuado, que no cesa de agitarlo y obligarlo, aunque predomine un agotamiento provocado por estados ansiógenos que le generan tanto manía como inhibición.

El mundo como representación a descubrir y el cuerpo enfrentado a la elección sexual se despliegan en la familia de ese joven y se condensan en la escuela; una escuela que soporta la declinación de las familias en función de la hoy llamada “parentalidad” que es una expresión proveniente de la sociología del siglo pasado ante  la anticoncepción, pero que hoy se redobla porque ya no se hace referencia a los padres cuando no se sabe quién es la gestante, el adoptante, el donante, el padre del corazón, etc. .

Se constata en todo el mundo, a excepción de China, que las nuevas formas de procreación han cambiado definitivamente a las familias, y se verifica también que eso no es sin consecuencia para la descendencia, Por el lado de les niñes, quedan como un objeto de supuesto saber. Sobre él se abre un abanico de medidas,  desde el derecho hasta la palabra. Allí es donde, en muchos casos, el niño se hace resistente a la palabra de los padres, luego adopta un modo injuriante de expresarse y finalmente se vuelve tirano.


Ese niño tirano, ya en la pubertad, se multiplica en decepciones sobre las satisfacciones que suponía que le serían dadas cuando fuera creciendo. El niño “amo” es un niño  poseído por un oculto o manifiesto deseo de ser grande y, cuando comienza a madurar, confirma solo decepciones que no siempre está dispuesto a aceptar.

En esa encrucijada, el adolescente suele encontrar respaldo en la calle. Entonces tendrá un giro por lo marginal, el desafío  y el descuido. Pero  también puede hacer de la escuela el lugar de la salida, entonces el estudio condensa sus satisfacciones de manera obsesiva.

Si como niño ha sido soporte de múltiples expectativas respecto de sus padres, durante la adolescencia esas expectativas suelen transformarse en exigencias, muchas veces insoportables; de allí la tendencia de muchos jóvenes a renunciar y hasta  autolesionarse como forma de alivio, de encuentro “loco” con otro cuerpo y con las sustancias psicoactivas que procuran experiencias que, de otro modo, no consiguen pero  que han sido anheladas desde la infancia.  

Considerando que otro cuerpo y el cuerpo propio es el más auténtico drama de la adolescencia, también suele darse una salida por el amor, un amor que puede conducir hasta al embarazo precoz. Es el caso donde los jovencitos encuentran un verdadero alivio haciéndose partenaire de alguien del mismo sexo que puede ser su amigue, un superior o alguien desconocido.

 Un capítulo aparte configuran las cuestiones trans, que serán abordadas en próximas notas. Todas esas nuevas configuraciones de las familias y de los jóvenes no pueden ser tratadas ya con modelos que busquen distraerlos, calmarlos o interesarlos: en el fondo, la enunciación  de estos jóvenes es acerca del respeto que exigen, aún sin merecerlo, y sobre esto no hay negociación exitosa.

Estamos frente al joven “globalizado” al que el Estado le ofrece un sinfín de recursos pero que solo tiene  una pantalla, algunas veces más viva que todas las monsergas que recibe de las instituciones en las cuales, como dijo André Malraux en sus “Antimemorias” (1965) “ya no hay personas mayores”.

Esta ausencia de personas mayores es lo que, como un prisma, se refleja en esa institución señera de cualquier República: la escuela.

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