Lunes 24 de Enero de 2022 | 8:16 |


 

Permiso, soy el Portón

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(pro Néstor Di Paola) Con permiso, soy el Portón. Te escribo porque siento necesidad de hacerlo, luego de la emoción que viví el lunes pasado, cuando ustedes celebraron el aniversario. No sé si me brotarán las palabras, pero lo voy a intentar. Me siento como paralizado. No sé cómo explicarte. Te digo la verdad, no me lo esperaba.

Tantas veces me mataron

tantas veces me morí,

sin embargo estoy aquí,


resucitando…

(María Elena Walsh).

 

Con permiso, soy el Portón. Te escribo porque siento necesidad de hacerlo, luego de la emoción que viví el lunes pasado, cuando ustedes celebraron el aniversario. No sé si me brotarán las palabras, pero lo voy a intentar. Me siento como paralizado. No sé cómo explicarte. Te digo la verdad, no me lo esperaba.

Mirá, cuando iban a tirar al diablo la tribuna de Roca y Belgrano, yo estaba abierto de par en par, para que ingrese la gente que tenía ganas de sentarse allí por última vez. Para abrazarse y llorar, o para lo que sea. Yo no tenía ganas de estar ahí, por la tristeza inmensa que sentía. Me quedé quieto en mi lugar. Ni siquiera miraba, con eso te digo todo. Pensaba en mi destino, me pregunté una y otra vez qué iba a ser de mí.

Soy un humilde portón. Como decía Larralde, “no tuve escuela ni pizarrón”. Mi único mérito es ser robusto, fortachón. Soy interminable, hecho del mejor fierro. Por eso mismo, llegué a pensar que me irían a vender por quilos. Y a otra cosa. O que me llevarían, como ocurre con tantas estatuas robadas, a engalanar el acceso de alguna quinta lujosa, o de un barrio privado.

Soy consciente de lo mucho que ustedes me quisieron y me quieren. Pero no creí que fuera para tanto, por lo que pido disculpas. No pensé ni de cerca, vivir esta resurrección. Como cantaba la Negra Sosa: “A mi propio entierro fui, solo y llorando”. Pero estoy aquí, mis aurinegros queridos, resucitando.

No crean que soy tan viejo. Nací en diciembre del ’56, en Roca y Belgrano. Tengo buena memoria, como para recordar cosas que por allí pasaron, empezando por el partido de inauguración de la cancha, cuando vino a jugar la tercera división de Boca de Buenos Aires. Había un flaquito que de entrada me pareció aguerrido, fogoso, apasionado. Le pregunté el nombre a Rubén “Cacho” González, que debutaba como locutor allí. Años después fue famoso y estuvo en Radio Tandil desde el primer día. Él tenía el listado con todos los jugadores.

-El 5. ¿Quién es el 5?, le pregunté.

-Acá lo tengo, se llama Antonio Ubaldo Rattín.

Justo diez años más tarde, en el Mundial del ’66, ese pibe que me había parecido tan arrollador, se enojó por el mal arbitraje cómplice de la FIFA y se sentó en la alfombra roja de la reina Isabel II de Inglaterra. No me había equivocado en mi intuición.

A veces, no me alcanzaban los ojos para ver tantos goles, para seguir uno por uno tan buenos jugadores del Santamarina de entonces. No quiero imaginar el dinero que costarían hoy esos futbolistas. Pero ellos jugaban por el amor a la camiseta y el asado. O a lo sumo, por influencia de algún dirigente, conseguían un buen laburo. Confieso que disfruté mucho ver atajar a Mingo Pastor. Una tarde vi al Negro Quinteros hacer su primer gol de tiro libre en esa cancha en la que yo nací. Y pensé, textualmente:

-“Ese morochito podrá patear mil veces más, desde esa posición, y no va a embocar ninguno. Le salió de carambola”.

¡Dios mío! Menos mal que no se lo dije a él, cuando se retiraba de la cancha y me saludó, hablando fuerte, eufórico. Hizo los que se le antojó. Hace algunos años, siendo los dos ya veteranos, le comenté y me dijo que luego del Mundial de 1958 en Suecia, en el que debutó Pelé y Brasil fue campeón, él tuvo oportunidad de ver un documental con los mejores goles. Y que un tal Didí, del equipo brasileño, convertía una y otra vez, esos increíbles goles de chanfle. Quinteros quedó maravillado y se puso a practicar. Habilidad de por medio, lo logró.

El que me enloquecía un poco era el Zorro Acuña, que me dijeron murió en los últimos meses. No recuerdo otro velocista como él, que un domingo era el puntero izquierdo y al otro estaba en la punta derecha. Me desconcertaba, hasta que me acostumbré.

Tuve ese privilegio y muchos otros, como disfrutar de los clásicos frente a Ferro, con el estadio lleno. Ahí tenía más trabajo, porque a veces seguía ingresando gente con el partido empezado y me perdía las primeras jugadas. Pero hablando de cancha llena, les voy a refrescar algo que estoy seguro muchos de ustedes no se acuerdan, o ni siquiera estuvieron presentes. Me refiero a los partidos de las Olimpíadas Estudiantiles, sobre todo algunos clásicos como San José versus Escuela Normal o San José frente a Técnica o Granja. Eso era impresionante. Se llenaba de adolescentes entusiastas que alentaban con banderas y cantaban todo el tiempo.

Y también vi entrenar atletas del club, con el Gallego Cesáreo Rodríguez a la cabeza. Y esas chicas y chicos, y también adultos, que tanto disfrutaban de la pileta. Estaba ubicada en la otra punta de la manzana, así que mucho no podía ver, desde mi ubicación.

El día que me sacaron de allí, hubo algo que me llamó la atención, y es que lo hicieron con cierta delicadeza. No me arrojaron violentamente al piso ni me dejaron abandonado. Me guardaron. Pero no sé dónde. Ese fue mi sufrimiento. La oscuridad. El túnel del tiempo. Hasta este último 20 de diciembre. Una nueva cancha propia para Santamarina, y yo ahí, como en el cincuenta y seis. No lo podía creer. Estoy feliz. Me acuerdo otra vez de la Negra Sosa y canto con ella:

-Gracias a la vida, que me ha dado tanto!

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