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La Unicen y su comunidad: César Villarruel, un guerrero del ring y de la vida

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Las mismas manos que ahora abren la puerta de la Universidad Barrial para que Agostina Cheli, la piba de Juárez que sueña con ser como la locutora Teresita Zumpano a cargo del taller de radio en el Centro de oficios, son las que ayudaron a César Villarruel a detener los golpes del cordobés Julio César Saba, a quien el 7 de noviembre de 1980 venció para alzar la corona nacional y hacer nacer una de las más grandes ovaciones escuchadas en el viejo club Ramón Santamarina, en la calle de los naranjos, donde hoy cientos de tandilenses disfrutan de las propuestas de la Secretaria de Extensión de la Unicén.

“La lana del ovillo que es esta vida se encapricha en originar los cruces y encuentros menos sospechados, amigo”, dice Motoneta Conti, el colega del sereno de La Barrial al que además del deporte de los puños lo apasiona la poesía. “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza”, suma de memoria a Borges en el poema Ajedrez Néstor Dipaola, decano del periodismo regional y con extensa trayectoria en la casa de altos estudios, apurando un tinto servido en la barra de la Unimost, la universidad del mostrador que es el club Paso del Portillo.

Faltaba poco para que floreciera la democracia, cuando el guerrero del ring y de la calle se transformara en un ícono de la tandilidad. Tras extender sus brazos para recibir el título argentino, volvió a apretar sus dientes y con la furia de los leones se entrenó para vencer al brasilero Danilo Batista el 14 de febrero de 1981, esta vez el club Independiente.

“Tuve suerte y muchas ganas”, sintetiza, más amigo del compañero silencio que de la música de las palabras, bajo el foco que ilumina tímidamente la vereda de Nigro casi Darragueira, antes de irse “pa las casas” – como dice él- donde lo espera su amor, su cómplice y todo. Si las piñas y los pingos lo ayudaron a remontar vuelo, La Vasca, su princesa dorada, fue la que lo amarró para construir una familia que es sinónimo de tesón, humildad y cariño.


Fueron 68 las peleas que tuvo, de las cuales ganó la mitad y empató nueve. Fue la docencia en el deporte de los guapos del cuadrilátero la que siguió ejerciendo y el cuidado de los caballos de carrera el otro berretín y rebusque honrado. Fueron las bolsas de arpillera el material con el que se hizo unos guantes de muchacho para entrenar con los amigos y más tarde ser el mejor de los torneos de los barrios.

Y fue sobre todo su coraje inquebrantable el que lo llevó a construir su destino para transformarse en un súper campeón y en mucho más, porque, aunque tal vez no lo sepa, hoy es ejemplo para esos artesanos de la voluntad que son los estudiantes. Con este vecino de Villa Aguirre y ciudadano del mundo parece convertirse en realidad aquel cantito juvenil que mencionaba a la universidad de los trabajadores y en falso aquello de que no existe una escuela que enseñe a vivir, como entonaba Mercedes Sosa junto a Charly García en Desarma y sangra.

 

Redacción e imágenes de Alejandro Latorre, Licenciado en Comunicación Social.

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