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¿Competir?

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A lo único que le podés ganar es a tu antigua versión del yo

Por Florencia Lauga
@florencialauga

En la escuela, nos angustia. En las redes sociales, nos amarga. En las parejas, nos derrumba. En el balneario, nos inhibe. En las discusiones, nos aleja.

Competir parecería a simple vista estar lejos de la idea etimológica que lo arroja hasta nosotros/as con ánimos de aseverar que una cosa va al encuentro de otra (Competir: Préstamo (s. XV) del latín competere ‘ir al encuentro una cosa de otra’, derivado de petere ‘dirigirse a’, ‘pedir’), manteniéndose ideológicamente a menudo cerca de lo contrario, es decir, a la noción específica y en aras de la búsqueda consciente de diferenciarnos –alejarnos- concretamente del otro/a en vistas de una única certeza: una de las partes es mejor.

Pero el asunto no descansa ahí: de lo que todavía no somos capaces es de mirar cuáles son las sensaciones reales que nos brotan en el cuerpo cuando nos disponemos al combate, cuando la idea mental separatista (¿Republicana?) nos invita a creernos –con todo nuestro corazón- que de verdad estamos separados/as y que entonces hemos sido llamados/as inexorablemente por el más acá a demostrar nuestra genialidad divina a costa de exponer la carencia de la otra orilla, on the other side, en la persona que nos mira de frente.

Tengo la fortuna –y créanme que la traigo conmigo- de ser una comunicadora considerada por la totalidad citadina temprana. Con temprana me refiero a incipiente y con citadina –démonos una tregua- a la región. Y hagamos también el ejercicio: si ustedes se fijan, pueden encontrarme en más de un diario a la vez, probablemente el mismo día, la misma semana y cerca del mismo momento; por no decir tal vez ahora. Entonces: si la totalidad somos todos/as nosotros/as, esto incluye directamente a los medios de comunicación que, lejos de discriminarme, me invitan continuamente a ser parte de su contenido; embebidos en la gracia de comprender(me) que, a los seres humanos 2021, la competencia de veras no nos sirve ( ¿Nos sirvió en algún momento? ¿Ya escucharon a la adolescencia decir “Me sirve” únicamente cuando algo le hace genuinamente feliz?)

Y bueno, y claro, y sí: este es el instante en que tengo arriba a los/as deportistas tenaces que no conciben la vida sin ella, o a los/as dueños/as de negocios comerciales que aseveran necesitarla, o a los/as creadores/as de certámenes internacionales de belleza (cuánto bien nos han hecho, por cierto, cuánto amor nos han dejado en las entrañas) que precisan la avidez de esa llama: una que nos quema y nos consume, que nos agota, que no hace más que abrir a patadas las compuertas de la comparación rotunda y que se olvida –eso seguro- de que en todo el planeta que llamamos tierra la conexión está intacta, cualquier bien que se haga a otra vida es bien que se vuelca en la propia y que unirnos en busca de estar cerca es prácticamente lo único que nos provoca sonrisas, abrazos, comprensión (¡celebración!) de lo diverso y la dosis de esperanza que precisamos para seguir caminando un sendero que no tenemos ni idea adónde nos lleva y mucho menos para qué se nos propone cada vez que abrimos los dos ojos a la vez.

Me encanta hacerles pensar. Me alegra estar en todos los medios de comunicación. Y especialmente me fascina que haya personas que trabajen conmigo en esta misma dirección: De a uno/a no es. Porque de a uno/a no se puede. Porque de a uno/a no funciona, y porque en esa idea precaria nos perdemos de todo aquello que por motu propio no somos siquiera capaces de practicar. Vamos a un mundo unido, donde cada singularidad no tema dejarse ver, donde correr trescientas cincuenta y cuatro, cuarenta y cinco o dos cuadras y media no signifique ser mejor que algo, donde tengamos permiso de equivocarnos, donde ponernos una bikini o un slip floreado nos resulte realmente divertido, y donde el amor nos convoque, nos agite y nos susurre que, cuanto mucho, aquello único que se nos presenta como posible transformar es la imagen rotunda de nuestro yo en la antigüedad; para que la constitución persona de la nueva propia historia sea una que tengamos ganas de asumir, y a lo mejor después, en algún tipo de red amorosa, ánimos también de contar.

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