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Fumigan hasta los sueños

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“Periódicamente, consumidos por la vorágine de la cotidianidad, el agobiante calor del asfalto o el incesante ruido de la ciudad, nos emerge de lo más profundo de nuestro ser, la necesidad casi fisiológica de romper la estructura de la ciudad. Ir al campo, entrar en contacto con la naturaleza, deslumbrar nuestra vista con el trigo siendo suavemente acariciado por la brisa y mientras la puesta del sol tiñe de naranja el horizonte, llenar hasta el último rincón de nuestros pulmones de aire puro. Sin embargo, esto no pasara…”, dice en su nota el tandilense Juan Tomas Midey.

“Ahí donde se terminan los caminos asfaltados, donde la ruta ya no conduce hacia ningún lado, donde hubo vida silvestre; ahí mismo, hay veneno volando. El suelo y agua de las quince escuelas rurales constitutivas del partido de Tandil, demostró estar contaminado con más de dieciséis agrotóxicos nocivos para la salud humana. La producción agraria no ha quedado exenta de las practicas productivas capitalistas, donde prima cantidad por sobre vida. Estos agrotóxicos con alta toxicidad crónica, pueden producir, carcinogenicidad (cáncer), efectos reproductivos, neurotoxicidad, entre otras enfermedades de igual magnitud”.

“Sin embargo, esta práctica no está siendo regulada ni controlada, a excepción de la insuficiente ordenanza municipal que prohíbe la aplicación a menos de 150 metros de escuelas, centros de salud y establecimientos elaboradores de alimentos, la cual no está siendo respetada. En otras palabras, el agua que han de beber y la tierra en la que han de jugar los niños de zonas rurales, está contaminada, envenenada. No solo eso, ya que al tener en cuenta que por efectos sinérgicos, los agroquímicos han llegado hasta las instituciones educativas, muestra que estos mismos están dispersos en todo el ambiente rural, pueblos, puestos de campos y parajes”.

“El avasallamiento de la tierra llevado a cabo por la colonización, donde se destruyó el hábitat autóctono con el fin de generar latifundios de monocultivo para el enriquecimiento de unos pocos, sigue presente en los días de hoy, con otro formato, quizás, sin embargo heredo la enfermedad de la codicia y avaricia humana. Quizás haya llegado el momento de volver a hundir nuestras manos en la tierra, llenar las uñas de barro y sentir el gratificante sabor que se funde en el paladar, propio del fruto auto cultivado. Volviendo a tener campos llenos de vida, en el que los insectos nuevamente convivan con la flora y la fauna, quizás así, los niños vuelvan a ser dueños de sus sueños y su futuro”.


Fuente: Informe sobre plaguicidas en escuelas rurales del partido de Tandil - Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Junio 2020.

Por: Juan Tomas Midey.

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