Miércoles 8 de Abril de 2020 | 18:14 |

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Coronavirus: La Lección

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Permítaseme soñar que comenzamos a despertar

Por Florencia Lauga

Nosotras, las personas, no fuimos nunca capaces de sentarnos a mirar por horas. Siempre tuvimos un acontecimiento más importante enfrente: aquella fiesta, los intereses que arrojaba la cuenta, conseguir limoncello. Todo en nuestras vidas era crucial: el modelo del auto, la cantidad de hijos, ser capaces de colgar en la pared de ladrillo visto, por fin, el título universitario. Sacarle fotos. Es más, ir a la UBA nos parecía el éxito. Lo poníamos en el perfil de Instagram, para sentirnos importantes. Lo decíamos a los demás, continuamente, antes que lo preguntaran. Vanagloriando el esfuerzo vivíamos a diario: una mierda (lo siento, tengo que decirlo). Nuestra ropa también era importante: siempre nike, siempre ahí, al filo del arroz blanco pero amigas del perfume importado. Lindo, el perfume importado, aunque una vez supe que era verdad eso de que si lo dejabas mucho tiempo sin usar el aroma le cambiaba y se volvía espantoso. Conocí  a una de nosotras que lo hizo: tuvo miedo de quedarse sin. Desde entonces, me impregné del mío para cada día. Estuvimos inspiradas por las revistas –nosotras, las personas- intentando que el esfuerzo de una hora de ejercicios elípticos no nos angustiara, atravesara nuestra alma y la hiciera pedacitos. Sin embargo, era imposible. Los hacíamos. Sí. Pero adentro la amargura crecía como las raíces de un árbol en cada lluvia de invierno. No podíamos verlas, aunque si nos acercábamos lo suficiente a la tierra –nuestro corazón- era simple sentir su desplazamiento. Como tejido, en los gimnasios nuestra angustia crecía, como quien sabe que no tiene límite, y sigue y sigue. Al parecer mucha importancia le dábamos, también, a la actividad sexual; desesperados por el hallazgo de un cuerpo blando donde sumergirnos y –por qué no- desaparecer un rato del mundo. Si el recién nombrado nunca fue sencillo de soportar; ¿Qué nos haría pensar que estar despiertos en él representaba nuestro deseo en realidad? Era esto falso, como las frases que se desprendían en bloques cuando se analizaba, por ejemplo, un discurso político, aunque nosotras las personas prefiriéramos amarlo. Deseábamos únicamente emborracharnos; y por eso, los supermercados siempre organizaron sus góndolas de manera que las botellas nos quedaran a mano. Es que una entraba y estaban ahí, saludando. Pronto, enseguida. Y de lo que se ofrece con facilidad, lo sé, es difícil encontrar escapatoria. Aplicaciones como tinder, grinder, finder, linder; disciplinadamente a la orden del día, arrojando no solo las convenientes características ingresadas (¿Estaba habilitada, ya, la opción para portadoras? ¿Es usted una persona que tiene coronavirus SI/NO) sino también la distancia en metros del amor de nuestras vidas –en lo individual, todavía sin dar crédito a esta creencia nuestra de que el amor de nuestras vidas era una sola persona que además no nosotras- nos envolvían en un humo denso y prometedor –porque todos buscando amor-,  originado en el éxtasis de, con suerte, descargar las balas; de pronto y por fin, la madrugada de un martes fresco. Las más afortunadas, hay que decirlo, acumulábamos siempre poco. De todas formas, yo sé que buscábamos pareja, aunque ustedes me juren lo contrario. Nuestras uñas, de repente, también habían cobrado una importancia nueva: antes de lo falso no las atendíamos. Un momento. ¿Querrá decir entonces, que nos enamorábamos de lo falso, nosotras las personas? A lo peor los mundos reales que enuncia Abelardo Castillo (todos mis cuentos, los ya escritos y los que aún quedan por escribir, pertenecen a un solo libro incesante y a una mujer, A Sylvia, quién le dio a ese libro el nombre que hoy lleva, los mundos reales) existían solo para unas pocas. Continuando con la mirada profunda que molesta, tatuarnos era evidentemente una actividad imprescindible para nosotras las personas. Una… Tarea urgente (IM postergable, es decir: mi; postergable), una forma definitiva de distinguirnos. Desesperadas por ser vistas en la multitud, nos mandábamos unos mapas de tinta pesada, honda, pero éramos incapaces de tomarla de la mano (siempre la mano) y acompañarla hasta lo profundo: nos limitábamos a mirarla. Mi querida: ¿La atención de quién precisabas cuando tomaste la decisión ridícula de tapar la mitad de los poros de tu brazo? Te observo, desde lejos, persona; y pienso: ojalá que al menos hayas despertado la tuya, porque de igual forma, quien no quería detenerse en vos no iba a hacerlo nunca, y eso es algo que tendrías que aprender. Eso es lo que vos no entendías ni en sueños, personita tibia de papel. Daba igual el dibujo. Podía ser un cielo, un ataúd, una palmera. Lo que hacía falta era que fueras valiente: “¡Te necesito, papá!” Pero vos no veías eso, no lo lograbas nunca; y por eso,  también nosotras nos hartábamos de verte y dejábamos de querer escucharte. Estuvimos, además, embebidas en el éxito; sin comprender que el único camino para rozar la fama era acercarse a ella despacio y sin buscarla, porque en la marea de las ansias siempre navegó también lo estrepitoso, lo abúlico, lo desdeñado y lo confuso y me parece que, en algún punto y aunque nos cueste admitirlo, también lo sabíamos. Por seguir ennumerando antiguedades, teníamos hijos para dotarnos de sentido, y no lo encontrábamos jamás. Nosotras, las personas, no queríamos vivir confusas, mas no sabíamos, realmente no sabíamos cómo hacer eso, volverlo posible; dotarnos, al menos por un día, de nuestro propio oxígeno.

Durante los últimos meses, sentí incontables veces poco deseo de hacer “lo que tenía planeado para el día”. Sin intención de quejarme, puedo ahora, mientras escribo, reconocer que en la desconexión no hay gozo, que una alarma autoritaria nunca iba a ser capaz de derrochar alegría para mi vida en tanto funcionara como imposición a la naturaleza que me pedía, casi en súplicas, que continuara durmiendo. ¿Hay algo, acaso, impuesto, capaz de derrochar alegría?

Es el primer martes de cuarentena. Hace cinco días que mi alarma no suena. ¡Hace cinco días que no suena una alarma! Nosotras, las personas; ¿Qué haremos? Me atrevo a este artículo, vomito unas líneas. Estoy siendo amada. Amante. Estoy leyendo libros y aprendiendo nuevas palabras. Estoy jugando, bailando, tomando vino, riendo y –todavía no, ojalá pronto- llorando. Estoy mirando quiénes son los seres humanos que forman la red que me sostiene. Estoy dándome cuenta, otra vez, de que no hay elección, de que nosotras las personas nos desesperamos por mantener la ilusión del mundo individual, pero que eso no existe. Estoy consciente de mi luz, enamorando a mi sombra y pidiéndole que se venga a vivir conmigo. Estoy en calma. Estoy escribiéndoles a ustedes, solamente, porque lo pide mi corazón. Eso es vivir.

Con amor,
Florencia


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