Sábado 4 de Abril de 2020 | 4:22 |

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Lectores: Reflexión de docentes jubiladas de SAFA

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Cuando se ha ejercido un trabajo durante algunas décadas, y se ha aprendido a amarlo porque en él se ha puesto el compromiso personal y la entrega y se ha recibido a cambio reconocimiento y gratitud, uno no lo abandona del todo aún cuando el tiempo del retiro que finalmente llega, sea recibido como una bendición.

Hay algo de nosotros que siempre quedará allí donde dejamos nuestro entusiasmo, nuestro esfuerzo, nuestras ideas y propuestas .En resumen la mitad (y a veces más) de nuestras vidas. Ese algo que nos apega a ese lugar que acabamos sintiendo como nuestro porque también nos hace sentir que le pertenecemos.

Los docentes somos trabajadores. Trabajadores del sistema educativo del país. Nuestro trabajo consiste en transmitirles a niños y adolescentes todos los conocimientos que hemos adquirido relacionados con las ciencias, el arte, las letras, el deporte, la tecnología… Ayudarlos a desarrollar recursos para seguir adquiriendo conocimientos a lo largo de sus vidas y… acompañar a los padres en su ineludible responsabilidad de hacer carne en esos niños y adolescentes los valores que los conviertan en seres humanos cada día más humanos, aptos para alcanzar su propia felicidad y… para favorecer la posibilidad de que los otros seres humanos también la alcancen.

En este trabajo tan arduo, tan exquisitamente delicado y monumental porque se trata de la formación de personas, se crean lazos, se tejen raíces, se construye, invisible a los ojos pero sólido al sentimiento, la pertenencia. Esa pertenencia de la que hablábamos al comienzo, y que en el caso de las Instituciones Educativas se hace presente en los trabajadores docentes, pero también en los alumnos y en las familias de esos alumnos más allá de años y de distancias. Es una pertenencia que va unida al cariño, a un afecto que se consolida con el correr del tiempo.


No se maltrata lo que se quiere.

Y cuando una escuela (cualquiera que sea), es triste noticia en un diario o en un medio radial porque la peligrosa estupidez de alguien la expone, está siendo maltratada. No hay apego ni raíces. Ni qué hablar de humanidad si se ha puesto en riesgo la vida.

Los abajo firmantes somos añosos ya, es cierto. Sin embargo aún tenemos suficiente lucidez para comprender que los tiempos cambian y con él las formas de divertirse.

En otras épocas el amor por los hijos-alumnos se evidenciaba en el afán de los adultos para hacerlos responsables, esforzados, agradecidos. Es probable que se haya exagerado, no decimos que no. Pero ahora nos cuesta aceptar como loable esta actitud de adultos jóvenes que favorecen con su permiso y aún custodian con la propia presencia la ingesta de alcohol de sus hijos adolescentes durante toda la noche anterior al primer día de clase; nos cuesta entender la “hazaña” de ingresar en las instituciones sin dormir. Y… ¿Cuál es el respeto y la consideración que se supone se le debe a la Institución educativa, sus directivos y docentes? Porque en verdad nos recuerda a aquél o aquélla al que el amigo lo espera en su fiesta y apareciendo medio dormido y desaliñado, hace quedar en ridículo y absolutamente incómodo al que la ha organizado… Todos sabemos que no está bien ceder en todo, porque se termina finalmente perdiendo la valoración de uno mismo.

La formación de niños y adolescentes implica la antipática y dolorosa tarea de tener que decir “no”, más de una vez. Es el firme tutor de madera el que impide que el árbol joven se mueva para donde sople el viento y no logre alcanzar la altura que merece tener.

Si usted está leyendo este texto, se preguntará qué interés podemos tener nosotras, jubiladas hace tiempo ya, en estos sucesos. Es la pertenencia, ¿sabe? Todavía sentimos que formamos parte de cada una de las Instituciones Educativas de esta ciudad, en las que hemos ejercido nuestros cargos. Las mismas que hoy cobijan a nuestros nietos y crean lazos con sus padres, que son nuestros hijos.

Y quizás también sea porque vamos ingresando en la vejez y, como todo el mundo sabe, los viejos se vuelven un poco niños. Tal vez, como el Principito, veamos un elefante donde los adultos jóvenes y los adolescentes sólo ven un sombrero.

JUBISAFAS

DOCENTES JUBILADAS

NIVEL SECUNDARIO SAGRADA FAMILIA

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