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¿Quién es la “extraña dama” que da la bienvenida en los consultorios de Martino?

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Los mascarones de proa son tan antiguos que nadie puede datar las primeras naves que con ellos se hicieron a la mar. Esas figuras, ubicadas en la proa, en la parte superior del tajamar de los navíos, le daban identidad a las embarcaciones en épocas donde la lectura y escritura no eran populares.

Cuando llegaba el barco a puerto, el mascarón (o figurón) era la primera carta de presentación en tierra firme. Hacia el siglo XIX dejaron de usarse. Esos colosales torsos de mujeres que ponían el pecho a las tempestades dejaron de verse en las banquinas de los puertos y empezaron a formar parte de los museos, como piezas de arte.

Cuando Diagnóstico Médico de Martino construyó su nuevo edificio en España 73 pensó que a esos tres pisos de fachada brillante y empinada les faltaba algo.  Imaginaron una escultura ahí al frente, una imagen que diera bienvenida e identidad a la nueva sede.  

Cuando se entrevistaron con la escultora Mariana Debaz salió más de una vez la palabra “mascarón de proa”.  También salió la palabra “alma”.   De alguna manera esa figura debía recibir y dar la bienvenida, con singularidad pero también con calidez.  Así fue tomando forma una figura.  Las ideas de Nicolás, Paula y Maximiliano de Martino se fueron tejiendo con las de Mariana y en las manos de la artista se iba delineando una forma de mujer.

Debaz nació en General Belgrano pero vive en Tandil desde muy joven.  Estudió y enseña arte en esta ciudad.  Como escultora tiene una fuerte predilección por la terca piedra, pero no pierde ocasión de darle oportunidad a los materiales ferrosos, que también tienen lo suyo. 

La “dama” que hoy antecede el segundo de los edificios de los consultorios de Martino supo ser de madera en su etapa de boceto y de telgopor en su etapa de modelo; luego fue hierro caliente y, finalmente, figura de fundición gris.  Debaz buscó un fundidor que contemplara los tiempos del artista, que no son -ni cerca- los tiempos de un industrial.  La obra de arte tiene su tiempo de parición, un tiempo propio y esquivo que hay que dejar madurar porque en el medio suele haber idas y vueltas.  Ese acompañamiento lo encontró en la fundición de la familia Martín, ubicada en el norte de la ciudad.  Allí se recubrió la figura modelada con una caja de arena, a modo de sarcófago, y ahí mismo se rellenó de una sola colada.



Una vez libre de esa prisión de arena endurecida con fenoles, la figura de mujer, de dos metros de altura y más de 170 kilos de peso, se mostró tal como había sido imaginada por la artista, con rasgos suaves y acabados pero también con perfiles rectos e inconclusos. Racionalidad y sensualidad en la forma y una seguridad desafiante en la presencia.

“Es una figura clásica dentro de lo que se entiende como escultura tradicional.  Por otro lado, la figura femenina es expresión de la sensibilidad humana.  Y la idea era que esa sensibilidad se transmitiera a todos los que transiten este espacio”, contó Debaz.   La artista supo hacer dialogar las formas más orgánicas del cuerpo con las líneas rectas y racionales del edificio, anticipando el lugar que iba a ocupar.  Las dimensiones también fueron el resultado de ese diálogo con el espacio.

La terminación fue a mano. Los discos desbastadores hicieron lo suyo.  Y luego, las tinturas y las lacas protectoras.  Hasta que finalmente estuvo lista para ser erigida en el lugar.  A sus pies y completando la figura se despliega un sendero de granito negro que llega hasta la vereda, un camino, una alfombra profunda y reluciente.

La escultura no tiene nombre.  O si lo tiene, no lo dice.  O si lo sabe Debaz, no lo cuenta.  Sobre una base enterrada que la posa levemente al nivel del suelo, se echa apenas hacia adelante mientras extiende y flexiona los brazos hacia atrás, como esos viejos mascarones de proa de los barcos de gran calado que atravesaron mares y unieron historias o crearon las propias.  Su figura reposa, paciente, atestiguando un entorno que ya parece familiar, a pocos metros del Calvario.  Su historia en Tandil recién empieza.  Tiene menos de un año y toda una vida por delante.  Ya sabemos cómo es esto: las estatuas son las que le cuentan historias a las personas y no al revés.

Por Juan Perone
juanperone@hotmail.com

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