Miércoles 23 de Oct de 2019 | 21:26 |

Oktoberfest en Tandil - Fin de semana largo de octubre - 12, 13 y 14



El juicio

POR FLORENCIA LAUGA $datos[

Alguien es distinta a mí. Intento mirarla con amor. Lo consigo. Veo en ella sus dificultades. La juzgo. Me desespero. Quiero que cambie. ¿Por quién quiero? ¿Por ella o por mí? Pienso. Es por ella, digo. Miento. No, no. No miento. Es por ella; también.

Estamos profundamente acostumbrados al juicio. Voy sintiendo, a medida que los días transcurren en la ciudad, que los tandilenses –y los seres humanos de toda la tierra- dedicamos gran cantidad de horas a juzgar las actitudes y actividades de los demás. Como investigadora, no me queda otra opción que preguntarme por qué, por qué es. ¿Qué nos convoca?

 

La idea de mirar al otro suena sencilla y normal tenida en cuenta desde el lugar de la curiosidad. Si no fuese real que las historias de los otros nos atraen, jamás una novela o serie de netflix tendría éxito. Ya sé: no lo pensó. Usted recién ahora se da cuenta que eso que le hace tener la nariz pegada a la pantalla más de quince horas seguidas tiene que ver con “espiar” a otros,


Hablando de espiar, recuerdo una vez en un departamento que tenemos en Mar del Plata, cómo espié a una pareja que estaba teniendo sexo. Doce años, tendría yo; más menos. Ahora usted está juzgando mi decisión (Perdone; ¿La de espiarlos o la de contarlo, es la que juzga?), sin embargo en aquel momento significó una gran aventura. Entre treinta y cuartenta años, tendrían ellos (Sí, aham, la gente de esa edad todavía tiene una vida sexual). No pensé: “esto está bien”. Pensé: ¿Qué hacen exactamente? Hasta que cerraron la cortina.

 

Con el juicio, no construimos nada. Con el juicio ponemos la mirada en el afuera, y salimos despavoridos huyendo de nosotros mismos. Con el juicio, no somos capaces de expresar que son nuestras propias cuestiones las que no nos parecen acertadas. Somos nosotros los que, envueltos en el discurso sobre el otro, no miramos que la cobardía nos inunda hace años, que somos incapaces de decirle a una persona que la amamos, que ni remotamente se nos ocurriría salir a la calle con una falda llamativa o –peor aún- cambiar de carrera universitaria a los 60, escalar el aconcagua, aprender a manejar, empezar a jugar al polo, dejar la droga, cambiar de sexo, bailar hasta abajo, emborracharnos, viajar a dedo, llorar, tener un hijo, mudarnos de casa, aprender una tarea nueva,

 

No. No nos animamos a nada. ¿Bailar? Qué es eso, dicen algunos. Y no cumplieron los treinta años.

 

Me gusta pensar en que seamos capaces de mirarnos. Me gusta y pongo toda mi atención en hacerlo: reconocer cuándo estoy reactiva, reaccionaria, mala onda, difícil, dolida, estresada, tensa, imposible. Revisarlo, entenderlo, pedir perdón. Miro una y otra vez: miro. Insisto con este tema. Los harto: me importa poco.

 

Soy una enamorada de pensar. P I E N S O. Pienso: ¿Por qué juzgamos? ¿Por qué nos ponemos a decir que si Ernesto se acostó con tres mujeres en la misma semana eso está mal? ¿Por qué? Porque nos refleja algo nuestro, queridos amigos. Porque nos muestra de frente nuestro deseo contenido, nuestra poca libertad, nuestra propia ruina. ¿Por qué en Tandil nos ocupa lo que hace el dueño de no sé qué restaurante que se fue de viaje a no sé cuál país? Porque no nos animamos a ponernos ni un restaurante, mucho menos irnos de viaje al congo belga. Sí. Al congo belga con minúscula.

 

Una pregunta, le hago. ¿Usted cree que es fácil mirarse? Haga el ejercicio. Piénselo un segundo: total nadie lo está mirando (ni usted mismo).

 

Mirarse es un camino que le sugiero. Mirar sus propios pensamientos, darlos vuelta, vaciarlos, re-visarlos, re-verlos, re-vertirlos, re-significarlos, mirar sus sentimientos, escucharlos, abrazarlos, expresarlos, liberarlos, asumirlos. ¿Siente miedo? Dígalo. ¿Siente envidia? ¡Asúmalo! ¿Siente dolor? Expréselo. Pero por favor, cuando nos veamos, hábleme de su corazón. Deje al vecino tranquilo. ¿Quiere estar desnudo en el patio, el vecino? Y bueno. Que esté. ¿Pinto el auto de fucsia? Una cosa de locos. Allá él. ¿Se mudó al medio del campo para estar solo? ¡¡No me diga!! ¡Pero es literal! NO-ME-DI-GA. NOMELODIGA.

 

No me lo diga. No me lo diga. Dígame cómo anda su historia, qué siente al ver unos enamorados. Dígame si le gusta el cielo, si se anima a unos mates conmigo. Dígame que es hermoso poder decirme algo. Dígame cuáles son sus sueños, cuáles sus misterios. Dígame siempre lo que tenga adentro. Hábleme de usted. De contrario, pensaré que no aún me ha visto,

 

Y aquí estoy.

 

BONUS TRACK: Sesiones conmigo. Digo, para ver a quién es que usted mira.

Whatsapp: 249 420 9157

Besos, también,

 

Por Florencia Lauga
Licenciada en Comunicación, Actriz, Locutora. Tandilense.

Instagram: @florencialauga 

e-mail: liberaespacioya@gmail.com

 

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