Martes 25 de Junio de 2019 | 22:57 |

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Rosana Florit: “Cuando podés poner en palabras lo que te está pasando, estás sanando”

ENTREVISTAS

El jueves que viene, la madre de Antonio y viuda de César Emilio Falistocco presentará su libro “La Vida con Y” Crónicas de una vida re-vivida, a través del cual se recopilan escritos que la ayudaron a superar las duras secuelas de las tragedias que en apenas ocho meses, arrancaron de su lado a su hijo y su esposo. En una charla con ABCHoy, advierte que “el sufrimiento se puede curar, aunque el dolor queda”.

Por Mariano López Guerrero (marianolopezguerrero@gmail.com)

 

Antonio Falistocco murió en un accidente aéreo en cercanías de Río Cuarto en mayo de 2016. Joven acrobata aéreo, seguía los pasos de su papá, más famoso, César Emilio Falistocco, fundador del grupo Hangar del Cielo, con el que recorrieron múltiples festivales aéreos por todo el país y Latinoamérica.


Cuando la familia luchaba por recomponerse del dolor por lo ocurrido con Antonio, el drama se presentó nuevamente, en enero del año siguiente, en Chile, cobrándose la vida del reconocido piloto, que llegó a Tandil en 1987, para trascender a fuerza de virajes, acrobacias y “locuras” aéreas, que se festejaron por doquier.

En tierra quedaron Rosana y Emilia, las otras dos integrantes de la familia, lidiando con el dolor, las lágrimas y las preguntas.

Esas preguntas, esa angustia, fue canalizada por Rosana a través la escritura. Facebook fue el escenario de la catarsis, que se transformó en acción y ayudó a sanar las heridas.

 

-Rosana Florit: Siempre escribí en Facebook. De alguna manera, iba contando lo que pasaba. Cuando mi hijo se accidentó, como fue en la provincia de Córdoba, la gente quería saber qué iba pasando y encontré que Facebook era la manera en que la gente que nos preguntaba, se enterara porque dos veces por día daba una especie de informe. Y empecé a entender que no me costaba nada escribir ahí y poner lo que nos estaba pasando y poner también lo que yo sentía. Así que ese proceso empezó desde el accidente. Después que murió mi hijo, que fue a los cinco días, también escribí, informándole a la gente cómo estábamos, porque yo no recibí gente en casa. Me aturdían mucho las conversaciones. Pero en el Facebook iba contando, era como un diario. Eso se hizo como un hábito. Y en el 2017, falleció mi esposo, en Chile, y de nuevo tuve que contarle a la gente qué había pasado, cómo había pasado, qué íbamos a hacer, cuando volvíamos, etc. Entonces Facebook se transformó en el canal de comunicación más rápido y eficiente para mantener a las personas al tanto, porque era mucho cariño el que nos demostraban y todos querían estar ahí, atentos…

 

Yo aprendí a respetar mucho la vida y también mucho la muerte. También la muerte es una opción. Aunque el suicidio esté tan mal visto. Si el dolor es insportable, ¿Quién puede decirle al otro ‘no, vos te tenés que quedar acá’?

 

-Seguramente hubo una reacción muy grande, porque era conocidos, populares.

-Claro. Era mucha la cantidad de gente que preguntaba. Ellos eran conocidos en todo el país y en Chile mucho también, entonces la gente quería viajar. Y yo buscaba de frenarlos. Entonces el Facebook fue la manera de avisarles de que no salieran a la ruta, que esperaran, que yo iba para allá. Les iba contando todo. Y bueno, después de la muerte de mi esposo seguí escribiendo y en 2018, Anita Rossi, que es la hija de unos amigos, que ahora tiene 23 años, pero en ese momento tenía 21, y es fotógrafa aficionada, me propuso que yo volcara lo que escribía en un blog. Primero me pareció muy ambicioso, pero después lo hicimos. Se llamó “La Vida con Y”, que salía los domingos a la tarde. Y a mí me empezó a hacer muy bien escribirlo durante la semana, publicarlo el domingo y después esperar la reacción de la gente. Me escribían, yo les contestaba y se hacía como una asamblea, digamos, donde se comentaba la crónica.

 

-¿Qué ponías? ¿Anécdotas, reflexiones?

-Crónicas. Son hechos ubicados en tiempo y en espacio, donde voy narrando hechos de la vida real, de mi vida, desde el duelo, con historias como por ejemplo, cómo me enamoré de mi esposo, o cuando nacieron los chicos, cuando decidimos vivir en Tandil, narrados atravesando el duelo. Y algunas otras crónicas tienen que ver con experiencias que fui teniendo, como la primera vez que viajé sola, fui a Uruguay y cuento qué me pasó en ese viaje. Nosotros éramos cuatro de familia y nos movíamos bastante en bloque. Cuando falleció mi hijo quedamos tres; después murió Emilio (NdR: Rosana llama a su esposo Emilio, aunque este escriba reclama que lo popular era César. ‘Pero para mí es Emilio’, se zanjó la cuestión) y Emilia se fue a vivir a Nueva Zelanda, y yo quedé sola. Entonces tuve que aprender a moverme sola. Ese tipo de cosas son las que fui contando, como por ejemplo con el tema de la cocina. Yo cocinaba mucho con mi hijo, y después de que murió dejé de cocinar y al tiempo me amigué con la cocina. Y lo que voy descubriendo, es que lo que voy contando, que son cosas simples de la vida cotidiana, van reconstruyendo y termina quedando esta cuestión de que todo es posible. Que la vida se puede revivir, por eso el libro, se llama “La Vida con Y. Crónicas de una vida re-vivida”. Es una vida que vuelve a armarse, como un volver a nacer, en la construcción de una identidad totalmente diferente, pero no desconociendo la anterior.

-¿Te enojaste con la vida? ¿Con Dios?

-Yo era católica practicante. Cuando Antonio se accidentó y entró en coma desde un jueves hasta un domingo, yo en realidad, ofrecí cambiar. Ofrecí abiertamente un trueque, que Dios me llevara a mí y lo dejara a él. Eso no fue posible y ahí me pasaron muchas cosas con la religión. Primero que empecé a descreer. Empecé a creer en otras cosas. Nunca perdí la fe, pero tengo fe en otras cosas, ahora. No en la religión como un sistema o como una organización. Creo que sí, me enojé con Dios, con la Virgen, yo era muy devota y siempre se lo encargaba que lo cuidara porque la actividad era riesgosa. Descreí de la Iglesia, porque por ejemplo, nosotros ibamos a misa todos los domingos al Hogar de Varones y cuando murió Antonio, ningún cura se acercó a mi casa. Nadie. Ni me tocaron el tiembre ni me llamaron por teléfono. Entonces ahí me di cuenta que la institución a mí no me acompañó ni me contuvo. Descreí de los seres humanos que la transitan. Porque me di cuenta que no estaban a la altura, que no podían.

 

Me estoy formando como coach, porque me encanta escuchar a la gente. Hago seminarios sobre duelos, porque tengo mucho para decir, que a muchas personas a lo mejor les puede ser útil.

 

-Más allá de los curas, muchas veces la gente no va a una casa de duelo porque no sabe cómo acompañar.

- Ir a la casa de una familia donde se perdió un hijo debe ser una de las cosas más difíciles. La gente no sabe qué hacer. Si ir, si no ir, si hablar, si callar, si nombralos, si no nombrarlo, si mirarte, si llorar. Cada uno hizo lo que pudo, porque es muy complicado.

 

-¿Y con la vida? ¿Te enojaste?

-No me enojé con la vida. Yo entendí que en algún lugar de mi corazón sabía que esto iba a pasar. Yo pensé que iba a pasar con mi esposo, no con mi hijo. El riesgo siempre estaba ahí. A los meses, cuando murió Emilio, yo me di cuenta que yo sabía que eso iba a pasar. Yo digo que el alma sabe más cosas de las que sabe la mente y más de lo que uno puede decir que sabe. Hay intuiciones, un conocimiento profundo, que uno lo tiene y no sabe ni siquiera de donde. Eso comprobé. Entonces no me enojé, porque en realidad, creo que toda mi vida me preparé para lo que venía. No me di cuenta, pero voy revisando muchas cosas que fueron pasando y creo que me preparé para lo que venía, porque sino, no se puede entender mi resiliencia.

-¿Cuándo Antonio empezó a volar, no te opusiste?

-Él tenía 14 años. Jamás obturé. Cuando me puse de novia con mi marido, Emilio recién empezaba a volar. Yo tenía 15 años y él tenía 18. Y siempre entendí que contra las pasiones no se puede. Y que privar a alguien de una pasión, la que sea, es matarlo en vida. No te voy a decir que alenté, pero no obturé. Y cuando Antonio empezó a volar, fue como que caminara. Jamás dije que No. Al contrario, quería que aprendiera bien, que lo hiciera bien, que estudiara, que se prepare.

-Y había un ADN que se imponía también.

-No hemos sido una familia aventurera o de hacer cosas alocadas. Pero mi papá tenía como profesión volar, pero estaba muy formado, fue piloto de la Fuerza Aérea. Y Antonio volaba desde que nació, siempre con su papá. Emilio no lo dejaba volar nada más que con él, porque decía que era mucha responsabilidad darle su hijo a otros, que si les pasaba algo, ¿Qué le iban a decir? Era algo natural que volara. Jamás me opuse y esto también me da muchísima tranquilidad.

-¿Y cómo fue para Emilio el duelo de Antonio?

-Muy duro. Mucho. Muy difícil. Bueno, lo fue para los dos, pero el de él fue tan corto que no te puedo decir bien cómo fue, porque lo sobrevivió ocho meses nada más y estábamos en pleno duelo.

-Lo pregunto porque él sin dudas le inoculó esa pasión…

-Y sí, había una culpa si. Pero yo siempre le decía que no… Antonio era un espíritu absolutamente libre. Le decías que pusiera algo acá y él lo ponía allá. (Se ríe). Era un chico muy rebelde, muy inteligente, cuestionaba todo. El padre le decía hasta acá y el hacía hasta allá. Y jamás en casa se planteó el tema de que alguien tuviera la culpa de nada. Al contrario. Porque Antonio no tenía que estar donde se accidentó. Se tenía que volver con el padre y decidió él quedarse. Entonces, para mí, como mamá, jamás se me cruzó pensar que su papá era responsable de la muerte de Antonio. Nunca.

 

Yo entendí que en algún lugar de mi corazón sabía que esto iba a pasar. El riesgo siempre estaba ahí. Creo que toda mi vida me preparé para lo que venía.

 

-¿Emilio no pensó en abandonar la actividad?

-Nooo. No. Y nadie se lo planteó tampoco. Ni Emilia, su hija, ni yo. No se nos hubiera ocurrido nunca. Es como si a alguien le dijeras que no coma más. No. Era su naturaleza, su esencia, era él. Hubiera sido ir en contra de la misma vida y de lo que cada uno es. Y de lo que éramos nosotros como matrimonio.

-¿Cerraste lo de los accidentes? Quiero decir, ¿Tenés claro lo que ocurrió en ambos casos?

-Lo de Chile, sí. Quedó absolutamente claro porque yo hablé con el sobreviviente. Yo sé lo que pasó arriba del avión. En el caso de Antonio murieron los dos ocupantes del avión. Y tengo en mi casa el peritaje.

 

-¿Y te conformó?

-Las investigaciones en Argentina no son profundas. Es la verdad. En el caso de Antonio, su papá pensó que el avión que él estaba volando, tenía una falla de diseño en la palanca. Era más débil la palanca de lo que podía soportar. Entonces la quebró Antonio, sacando al avión de determinada maniobra. Al hacer tanta fuerza, quebró la palanca y se quedó sin comando. Eso sostenía Emilio y por eso pidió que periten los caños y nunca lo hicieron. Entonces terminó dando que hubo una falla de pilotaje por un error en la maniobra y que se mueren porque las dos cabezas se chocan. Si hubieran tenido casco no se mueren. Pero es relativo, es lo que dice la junta.

-¿Y en el caso de Emilio?

-En el caso de Emilio hay un error en el centraje. Y lo que pasó dentro del avión yo lo sé claramente, pero ahí no entro.

-¿Por qué?

-Porque sería responsabilizar a otra persona que también está muerta, así que jamás lo voy a hacer. Emilio era el copiloto y faltaría a la ética de mi esposo hacer referencia a eso. Mi esposo era alguien muy honorable y respetaba mucho algunas cuestiones, como la dignidad. Y por eso, lo que pasó arriba del avión yo lo sé claramente y nunca lo diría porque la otra persona está fallecida.

-Con lo que decís, sospecho que se podría haber evitado.

-Tal vez. Emilio hizo todo lo posible por evitarlo. El sobreviviente habló conmigo y me dijo que estaba vivo gracias a él.

-¿Te siguen llegando mensajes y saludos de gente que lo conoció?

-Todo el tiempo. Estamos en un proyecto en el que le estamos pidiendo a la gente que lo conoció, que nos escriba. Emilio era multifacético, además de piloto, era profesor de matemáticas, era buen amigo, tenía como montones de partes. Era experto de empujar autos de gente que se le quedaba el auto en la calle, por ejemplo. (Risas). Había que bajar a empujar. Hemos empujado muchos autos. Daba clases en escuelas rurales, muchísima gente lo cruzaba y cuentan historias y anécdotas con el, algunas yo no las conocía, entonces les he pedido que me las escriban y me las alcancen y algún día publicaremos un libro sobre esas historias.

 

Cuando Antonio se accidentó ofrecí abiertamente un trueque, que Dios me llevara a mí y lo dejara a él. Eso no fue posible y ahí me pasaron muchas cosas con la religión. Primero, empecé a descreer.

 

-Una vez me dijo, hace mucho, que había elegido Tandil para no irse más.

-Le encantaba. A mí no me gustaba tanto al principio. Él se sentía mucho más cómodo. Nosotros llegamos a Tandil el 20 de enero de 1987, el mismo día que después él muere. Bajamos en la Terminal de Ómnibus. Él venía destinado a Mirage. Vivíamos en Mendoza. Y caminamos por la calle Pinto, los dos, cada uno con una valija, porque él me dijo que era cerquita el lugar dónde íbamos a vivir. Era en 9 de Julio. Parecíamos ‘María de Nadie’, no sé si te acordás de la novela. Y yo le decía ‘¿Cuántas cuadras faltan? Y en esa caminata, a las 6 o 7 de la mañana, me dijo: ‘yo de esta ciudad no me voy más’. Le encantaban las sierras. Hacía ala delta. A Antonio lo envolvíamos en un gamulán cuando era chiquito y nos íbamos a las sierras y se tiraban. Incluso, se accidentó en ala delta y Antonio estaba con él, que tenía dos años. Amaba Tandil. Y yo me quedé y no me voy. Yo pensé que me iba a ir, y me di cuenta que no. Me di cuenta que también es mi lugar en el mundo.

-¿Con este ejercicio de escribir tu historia, nació la idea de acompañar o estar cerca de gente que pase por situaciones similares?

-La escritura es un ejercicio de sanación, porque cuando vos podés poner en palabras lo que te está pasando, estás sanando, sino, no lo podés decir, directamente. Cuando pudiste empezar a hilar ideas, a corregir, es porque las heridas están cerrando. Cuando empezás a ponerlo en palabras, has sanado de verdad, pero pasa tiempo para que eso ocurra. Las personas a veces buscan en lo que yo escribo, como respuestas, como recetas. Y los duelos son unicos e instransferibles. No hay recetas. Cada uno lo vive como puede y al tiempo que puede. Lo que hay en el libro, es el mensaje de que se puede. Que a todos nos pasan cosas, porque en realidad, lo que aprendí, es a no ponerme en el lugar de la víctima, ni de la autocompasión. Las lágrimas de la autocompasión son las únicas que no te sanan. Llorar sí sana, pero cuando tenés autocompasión, eso no aliviana, eso te pone en un lugar que es un círculo: vos te tenés lástima y los demás te tienen pena. Eso es destructivo absolutamente. Y los duelos no son solamente la muerte, los divorcios, los fracasos económicos, las pérdidas de trabajo, son duelos también. Porque duelo, significa lo que duele. Es doler. Duelen muchas cosas. A mí me pasaron dos tremendas, pero a otros les pasan otras cosas.

 

-Bueno, pero la muerte de un hijo…

-Nada iguala la muerte de un hijo. Nada. Y no es cultural. Supera lo que uno puede decir en palabras. Pero aún ese dolor que es tan tremendo, se puede transformar. Y te puede transformar. Yo no puedo ser tan ambiciosa de decir que puedo ayudar. Sí puedo decir cosas al que le pasa lo que me pasó a mí. Yo le puedo contar cómo hice yo, qué caminos busqué, qué estrategias, por donde probé, que no resultó, pero no puedo decir cómo vivirlo, porque eso es totalmente intransferible, pero sí, que si quiere se puede. Pero solo si quiere. Porque muchas veces las personas no quieren, prefieren la muerte y también es respetable. Yo aprendí a respetar mucho la vida y también mucho la muerte. También la muerte es una opción. Aunque el suicidio esté tan mal visto. Si el dolor es insportable, ¿Quién puede decirle al otro ‘no, vos te tenés que quedar acá’? ¿Quién tiene la medición de cuanto es el dolor de cada uno? Yo solo puedo dar testimonio de que se puede, pero porque quise, pude.

-Que se puede convivir con ese dolor, tal vez no superar…

-Convivir, sí. ¿Y sabés qué otra cosa?, pensar en la alegría. No pensar en la autocompasión del dolor. De lo que salís, es del sufrimiento. El dolor va a vivir conmigo hasta que me muera, pero el sufrimiento, la actitud de autocompasión se puede superar. Hay un primer tiempo en que uno no puede elegir nada, pero después hay un momento en que se puede elegir cómo vivir y si quedo en el sufrimiento o lo supero. Es mas facil quedarse en el sufrimiento.

 

Facebook se transformó en el canal de comunicación más rápido y eficiente para mantener a las personas al tanto, porque era mucho cariño el que nos demostraban y todos querían estar ahí, atentos…

 

-¿Fue un factor que te ayudó que te quedara una hija?

-Sí, pero no alcanza, ¡eh! Es tanto el dolor que te sobrepasa. Sí es verdad que la única causa es Emilia, después los hermanos o mi mamá no son motor de vida. Yo hice terapia y mi psicóloga me decía que la pulsión de vida o de muerte te viene dado del inconsciente. No es por nadie, es por vos. Es profundísimo. Es difícil encontrale sentido a la vida después de la muerte, pero uno tiene que ir caminando y ver por dónde va. Es muy duro, entran en cuestionamiento muchas cosas. Y si te quedás, no es por nadie, es por vos.

-Contame de la presentación del libro.

-Va a ser el jueves 23, que es el aniversario de la muerte de Antonio. Se cumplen tres años. Lo vamos a hacer a las 20 horas, en el Hotel Libertador. Luis Cerone era conocido de Emilio y cuando fue una amiga mía a preguntar si ahí se podía hacer, él dijo que nos ponía todo a disposición, así que va a ser un momento precioso. Van a estar amigos, familia, y las personas que quieran ir, porque es abierto. El que tenga ganas de escuchar puede ir.

-¿Dónde se va a poder conseguir el libro?

-Lo vamos a vender ahí. Lo hicimos con una editorial que se llama Autores de Argentina. Lo pagamos nosotros con un auspiciante. Es mi primera incursión en la cuestión editorial. Y después veremos. Por lo pronto hay 400 para Tandil y lo vamos a vender nosotros. Tal vez el libro empiece a volar y llegue a lugares increíbles, porque ya dejó de ser mío y dejé de ser yo la de la historia. Puede tener cualquier protagonista porque son historias de vida.

-¿Y lo del Facebook seguirá?

-Sí. El blog, no. Pero a mí escribir me hace muy bien. Empecé a escribir crónicas de este año, que son diferentes a las del año pasado, para ver si después hacemos un segundo libro. Y también me estoy formando como coach, porque me encanta escuchar a la gente. Hago seminarios sobre duelos, porque tengo mucho para decir, que a muchas personas a lo mejor les puede ser útil. No sé si la palabra es ayudar, pero sí acompañar, porque yo sí sé qué cosas se pueden hacer cuando uno va a la casa de una familia que perdió un hijo. ¡Son tan sencillas! Cuestan nada.

-¿Qué cosas, por ejemplo?

-Llevar comida y ofrecer lavar la ropa…, nada más…

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