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La mente o la vida

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En la columna de hoy los invito a realizar una pequeña exploración por una de las ideas centrales que utilizamos en psicoterapia TCC-ACT. La postura de nunca sufrir (psicológicamente)

Lic. Juan M Florit. Psicólogo Clínico

En la columna de hoy los invito a realizar una pequeña exploración por una de las ideas centrales que utilizamos en psicoterapia TCC-ACT.

La postura de nunca sufrir (psicológicamente)


Debido a los cambios de nuestra sociedad, el no tener que soportar ni el mas mínimo dolor, fastidio, demora o alteración, el no tolerar ninguna leve incomodidad física ha acabado por volverse lo normal.

Esto no supondría necesariamente un problema si discriminásemos en qué cosas no tenemos por qué resignarnos.

El efecto perverso que alberga un mundo tan cómodo estriba en la generalización que se produce desde un ámbito de nuestra vida (el físico) a otros en los que las cosas no pueden funcionar así. La eficacia de los fármacos nos ha deslumbrado, las comodidades materiales nos han encantado y las hemos adoptado rápida e irrenunciablemente y, por todo ello, al final, hemos creído que nuestra vida debía ser así en todos sus aspectos: tanto físicos como psicológicos.

De esta manera, hoy en día, la mayoría de las personas piensa que debe hacer lo necesario para tener siempre un estado psicológico de total comodidad, que la mente no debe albergar sino “pensamientos positivos”, que ante la aparición de preocupaciones y desgracias lo mejor es olvidar lo antes posible, es decir dejar de  ser nosotros mismos.

Además, que esta "vida mental" es perfectamente posible y que se puede aprender. Detrás de esta concepción hay una creencia simple y fundamental: las personas felices son las que acaban cuanto antes con sus “malos rollos mentales”. Y... ¿por qué no? ¿Por qué no buscar una solución equivalente a la que proporcionan los fármacos? O, mejor aún, ¿por qué no servirse de fármacos específicos para tal fin? En el fondo, esto es lo que nuestra sociedad anhela y nosotros somos parte de ella.

Los sufrimientos psicológicos son cualitativamente diferentes a los sufrimientos físicos, pertenecen a otro orden de realidad. Tienen, con toda probabilidad, un correlato biológico, pero no son algo puramente físico-químico. Cuando queremos encararnos con ellos igual que hacemos con nuestras dificultades materiales tenemos éxito sólo a medias o sólo durante un tiempo. No podemos olvidar que la postura del nunca sufrir parte de una concepción biológica, mientras que la realidad del hombre (y, desde luego, su salud mental) no puede reducirse a algo sólo biológico, pues es al mismo tiempo histórica y social.

Y es que acabar con todo malestar psicológico supondría acabar con nuestra memoria, equivaldría a dejar de ser humanos. Como afirmó el gran director de cine Luis Buñuel: “nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada”. Si una parte de nuestro cuerpo está tan dañada que no podemos vivir con ella cabe la posibilidad, en muchos casos, de bloquearla o  amputarla; pero si el problema está en un recuerdo, en una experiencia, en un sentimiento ¿cómo podemos extirparlo sin dejar de ser nosotros? Aunque la psicología clínica se ha escurrido, en los últimos tiempos, hacia un modelo biológico, éste no le es propio. Su concepción de la salud y la enfermedad son herederas del planteamiento médico, que no es social ni histórico. La Psicología Humana, sin embargo, siempre será algo a caballo entre la realidad biológica y la social. Vivir –vivir conscientemente– implica someterse a continuas incomodidades que nos vuelven cada vez más dueños de nosotros mismos.

La “moda” del no sufrir nunca, psicológicamente, se ha propagado de tal manera que, hoy en día, cualquier persona cree imprescindible tomar tranquilizantes o acudir a un psicólogo ante acontecimientos dolorosos como la muerte de un familiar, la pérdida de un trabajo o la separación matrimonial. Antes de la existencia de los psicólogos y de los ansiolíticos ¿no pasaban esas cosas? ¿Toda la humanidad ha estado profundamente traumatizada al carecer de esos apoyos? Parece haberse olvidado que, cuando alguien sufre desgracias de este calibre, tiene que pasarlo mal, y que es precisamente querer olvidarlo a toda costa, evitar ese estado interno desagradable, desentenderse, dejarlo atrás cuanto antes –y no lograrlo– lo que acaba por convertirlo en traumático. Cuando nos negamos a pasarlo mal, cuando deseamos liberarnos de los remordimientos, no sufrir de pensamientos obsesivos, etcétera, nos encontramos con que tenemos ya dos problemas: por un lado, los remordimientos, las obsesiones, el malestar en sí; y, por otro, nuestro agotamiento por tratar de evitarlos.

Los psicólogos clínicos y la psicologización del malestar

Aunque parezca llamativo, muchos psicólogos y psiquiatras han sido los primeros en caer en esta trampa y en pensar que –al igual que en el ámbito físico– no hay por qué pasarlo mal un solo minuto. En las terapias somos los primeros en ofrecer soluciones rápidas o en

negar que vaya a producirse “dolor” durante el tratamiento; en cambio, no explicamos al paciente que, a lo mejor, es normal que su sufrimiento continúe durante un tiempo indeterminado. Una gran cantidad de profesionales de la salud invita a los pacientes a abandonar sus “pensamientos negativos” y a sustituirlos por “los positivos”, a distraerse, a olvidar, a no hacer caso de las sensaciones, obsesiones, sentimientos... y hasta les comentan que poseen técnicas eficaces para dejar de pensar en sus problemas y para que los olviden y superen definitivamente. Sin embargo, esta situación puede poner al paciente ante tareas que lo agobien aún más, pues la meta de verse libre de preocupaciones nunca se acaba de alcanzar. No se trata de cuestionar el trabajo de los psicólogos, sino de reflexionar sobre la visión que se ha proyectado en nuestra sociedad respecto de la ayuda psicológica.

El paciente y el terapeuta viven en el mismo mundo y están sujetos a las mismas influencias. Con mucha más frecuencia de lo que se cree, el psicólogo recomienda aquello que él no ha sido nunca capaz de llevar a cabo. Sin embargo, no por ello deja de transmitir un modelo de “manejo ideal de los problemas” por el que, implícitamente, hace creer al paciente que no está eliminando unos pensamientos y sensaciones que la mayoría de la gente sí tiene bajo control. Naturalmente, esto no significa que no haya que esperanzar, ni

dejar de sugerir que los problemas acabarán por perder su trascendencia, siempre que haya razones para ello (lo que ocurre casi siempre).

Ninguna postura puede llevarse al extremo. Tampoco se está sugiriendo que, ante obsesiones, tristeza, ansiedad... haya que resignarse, o abstenerse de buscar ayuda psicológica, todo lo contrario. Sin embargo, conviene entender que cuando el mundo interior nos parece controlable de forma equivalente al exterior, partimos de una premisa tan equivocada que el único resultado posible es la perpetuación y el agravamiento del sufrimiento.

Una manera eficaz de ayudar psicológicamente pasa, precisamente, por no psicologizar, o mejor, medicalizar, los problemas. Cuando, ante el mínimo padecimiento psicológico recomendamos consultar a un profesional de la salud mental, estamos transmitiendo un

mensaje peligroso: “No deberías estar así, por nada se debe estar así”.

¿Supone esto, a la larga, una ayuda si las circunstancias pueden repetirse?

Y si el mismo psicólogo o psiquiatra felicitan al paciente por haber acudido a consulta cuanto antes, por no haberse resignado a sufrir, deben ser conscientes de que están jugando implícitamente con el mismo mensaje: “En este mundo no hay que pasarlo mal ni un minuto”. ¿Es esta una creencia sensata?

Una manera de fastidiar terriblemente a alguien que se encuentra mal consiste en indicarle que debería ser más positivo, que debería tomarse mejor las cosas... Sin embargo, necesitamos igualmente un tiempo para encontrarnos mal. Hacerle a alguien sentirse culpable porque no vuelve enseguida a mostrar la alegría que todos socialmente debemos exhibir acarrea llevar al sujeto a una situación imposible, pues no ser capaz de alegrarse como los demás se convierte en un motivo añadido de preocupación y tristeza.

Pero... ¿no podemos aprender a controlar nuestra mente?

Hoy en día, mucha gente opina que los psicólogos y psiquiatras gozan de una profesión con un futuro feliz, dado que los problemas de la gente en nuestra sociedad no hacen sino crecer. Sea cierto o no que, por esta causa, son buenas profesiones y aunque, naturalmente, este incremento no se pueda achacar a su falta de efectividad –qué

duda cabe de que miles de personas se han beneficiado de su trabajo–, la verdad es que también nos corresponde a nosotros erradicar una idea errónea sobre el trabajo psicológico. Esta idea consiste en creer que siempre hay procedimientos eficaces para enseñar a la gente a controlar su mente.

Todos sabemos que muchos tienen la certeza de que realmente han aprendido a controlarla, que han dado con métodos para sentirse mejor ante los problemas, y que estas soluciones les resultan eficaces incluso al más largo plazo. Mas, cualesquiera que sean esos métodos, de lo que puede usted estar seguro es de que nadie ha dado con

un procedimiento psicológico ideal, gracias al cual se relaja o se libera de sus obsesiones y preocupaciones o se desembaraza de sus ataques de pánico o supera su tristeza siempre que lo necesita y durante tanto tiempo como desea. Estoy negando que se pueda controlar la mente hasta ese punto en problemas realmente importantes.

Es obligación de los psicólogos quitar esa falsa esperanza a las personas que vienen solicitándonos esos métodos. Es una ilusión halagadora para los psicólogos, pues los reviste de un atractivo especial, casi mágico (los hombres que pueden controlar su mente y enseñarlo a los demás), pero absolutamente falsa. Cuando se conoce a un psicólogo personalmente se advierte que es una persona como todas los demás respecto a los problemas psicológicos. “Hasta Napoleón es un hombre cualquiera para su ayuda de cámara”.

Aunque parezca una contradicción, mientras estemos intentando controlar nuestra mente, no la estaremos controlando realmente. Y es que el “mundo mental” tiene unas reglas bien distintas a las del mundo externo: mientras en este último, cuando no quieres algo, en general, lo puedes evitar (alejándote, apartándolo, cambiándolo, etc.), en el primero, en nuestro interior, si conscientemente quieres desembarazarte de algo no dejas de tenerlo presente. Por tanto, mantener una postura en la que buscamos desprendernos de pensamientos que no deseamos, de la ansiedad o de un bajo estado de ánimo tendrá como consecuencia exacerbar estas situaciones. Es algo parecido al resultado que da esforzarse mucho por ser espontáneo.

Esto se puede demostrar con un sencillo ejemplo: ahora va a leer algo, cuando esté ante sus ojos NO LO IMAGINE, TRATE A TODA COSTA DE NO IMAGINARLO. Pues bien: no piense en... un elefante rosa. ¿Lo ha logrado? ¿No? ¿Por qué, si era lo que quería? ¿Acaso no ha desarrollado aún suficiente control mental? ¿Quizá piensa que le he pillado desprevenido y que si lo repitiésemos o si le diera suficiente tiempo lo conseguiría? Inténtelo. Tal vez logre distraerse durante un tiempo y entonces el elefante desaparecerá de su conciencia,

pero mientras tenga que estar esforzándose por apartarlo, por cubrirlo tras otra imagen mental, continuará presente. Este resultado paradójico se producirá siempre mientras mantenga un esfuerzo consciente y deliberado, pues no estar dispuesto a pensar en algo supone tener que estar en contacto con ese algo y así es imposible olvidarlo.

En realidad, tratar de seguir la regla de no olvidar un contenido determinado es misión imposible porque en la misma regla se menciona el contenido que debe olvidarse. Sólo cuando la vida nos lleva a otras preocupaciones y dejamos de esforzarnos por controlar nuestra mente o por pensar en otra cosa, es posible que desaparezca.

Por supuesto, lo anterior no es sino una simple prueba y no todo el contenido mental funciona de forma equivalente. Pero he querido incluirla para transmitir una idea sencilla y verdadera: es un buen camino abandonar la ilusión del control mental. Otra cosa son los problemas externos que nos causan malestar, éstos podemos y debemos

cambiarlos.

Como ejemplo, detengámonos un momento en la siguiente situación.

Varios estudios han revelado que los profesores de instituto (en particular, los de Secundaria) sufren, como ningún otro colectivo, problemas mentales y físicos. Los profesores que los padecen no se distribuyen de forma equivalente entre todos los institutos de España, en absoluto: en algunos de ellos muchos docentes sufren estos problemas, mientras que en otros casi ninguno está afectado. Si poseyésemos la capacidad para controlar nuestros sentimientos y manejar nuestras emociones ¿no estaría repartida entre todos? ¿Es que el colectivo de profesores es particularmente inhábil en esta destreza en algunos lugares de España o en algunos barrios? Evidentemente el

problema está en el entorno: algunos institutos son mucho más estresantes que otros. Si planteamos que la solución a este problema pasa por ofrecer apoyo emocional a los profesores, enseñarles a calmarse, a no tomárselo tan a pecho, etcétera, en vez de cambiar las circunstancias externas que les llevan a enfermar estaremos ofreciendo un modelo inútil e ilegítimo éticamente.

Muchos procedimientos para distraerse y quitarse, al menos durante un breve tiempo, las cosas desagradables de la cabeza son eficaces. Y es precisamente esta eficacia a corto plazo lo que hace que se sigan empleando. Todos sabemos lo fácil que resulta caer en la tentación de lo que está justo al alcance de nuestra mano, aunque sepamos que, a la larga, nos acarreará un perjuicio. ¿Cuántos buenos propósitos de, por ejemplo, mantener un régimen o de practicar todos los días ejercicio físico no se han roto por ello? Precisamente, el que las cosas funcionen durante un tiempo y alivien rápidamente –aunque no solucionen nada de forma definitiva– lleva a que uno perpetúe, quizás perjudicialmente, su empleo.

Quizás haya visto esa divertida película titulada Misterioso asesinato en Manhattan. Con su inteligente humor, Woody Allen sabe sintetizar en una frase lo absurdo de querer pasárselo bien de forma consciente e inmediata. En una escena, al principio de la cinta, el protagonista masculino le dice a su mujer: “¡Eh! Prometiste no aburrirte durante todo el partido de hockey si yo luego te acompañaba a la ópera”.

¿Cuándo aprendimos a actuar así?

Desde muy temprano nos enseñan que los sentimientos y los pensamientos pueden y deben controlarse. De pequeños nuestros padres nos conminaban a “dejar de llorar” y a “hacer el favor de tranquilizarnos y controlarnos”, también a “ser valientes”, a “estar contentos”, a “dormirnos inmediatamente”, etc. Entonces, desde nuestra perspectiva

infantil, en la que todo lo que nos decían los mayores era verdad, teníamos por cierto el que uno podía dejar de llorar o de pasarlo mal a voluntad; y, si no lo lográbamos, era porque no nos esforzábamos lo suficiente. De hecho, desde nuestra perspectiva infantil, los mayores parecían poder controlarse muy bien.

Pero ahora que los adultos somos nosotros nos damos cuenta de que también los mayores lo pasan mal, que no pueden alegrarse siempre que quieren y que también reciben de otras personas consejos parecidos: “debes controlar tus sentimientos”, “no pienses más en eso”, “olvídalo ya”, “tienes que aprender a canalizar tus enfados”...

Eso sí, no exteriorizamos nuestros problemas con la espontaneidad propia de los niños.

Uno de los aprendizajes que podrían ofrecer padres y educadores es que las personas no somos robots. Carecemos de un interruptor que se pueda pulsar a voluntad para dejar de sentirnos mal justo en el momento que deseemos, para dormirnos cuando lo necesitemos o para divertirnos durante una hora concreta.

 

Cita de Referencia:  Jorge Barraca. Una aproximación a la Terapia de Aceptación y Compromiso, 2005, España, Bilbao.

 

Juan Martin Florit. Lic. en Psicología.

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  • Psicólogo clínico. TCC-ACT- individual
  • Terapeuta familiar -infantil
  • Intervenciones institucionales en Conductas pro-sociales, prevención y tratamiento de Bullying.
  • Disertante-conferencista
  • Columnista del Diario ABChoy.

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