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Nueva odisea viajando en El Cóndor-La Estrella

CON OPINION $datos[

La nota es publicada por la comunicadora social tandilense Ivy Cángaro. No es la primera vez que le pasa algo con esta empresa. Hubo varios pasajeros que acompañaron su denuncia. Dejó una nota en el Libro de Quejas de la empresa.

Primero, Ivy Cángaro viralizó lo ocurrido desde su página en Facebook, y luego de tomar conocimiento de lo que le había pasado, en comunicación con ella, nos autorizó a publicarlo en este Portal de Noticias.

“Hace un mes, en esta empresa, no me reconocieron un pasaje claramente visible, notoriamente visible y claro, comprado online e impreso, y ante la negativa de dejarme subir al micro (los empleados de la empresa decían que era ilegible, el coro de pasajeros que se había nucleado alrededor se lo pasaban de mano en mano leyendo claramente hasta mi nro. de DNI), tuve que comprar otro o no viajar, puesto que se negaron a dejarme viajar con un pasaje impreso, así volviese a imprimirlo. Fue una humillación horrible pero sobre todo, un abuso horrendo de poder, una burla manifiesta de empleados que se ensañaron -vaya a saber por qué- con la pasajera azarosa de turno: yo”.

“Ayer, nuevamente, con los mismos actores, los mismos empleados tanto de la oficina como casualmente, chofer y ayudante, nos pasó a mí y a cuarenta personas más algo totalmente desagradable, pesaroso y hasta delictivo: Era el viaje programado con salida de Retiro hacia Tandil de las 14:30. El ómnibus llegó a dársena a las 14.50. Todos los pasajeros despachamos las valijas y munidos de nuestro pasaje y el talón de despacho de bultos, hicimos la cola para subir al micro. Raramente, no estaba la puerta abierta ni nadie para hacer el control de a bordo. Esperamos. Nada. Quince minutos así. En un momento, vemos que sube el chofer, pone el ómnibus en marcha....arranca.... y se va!
Pensamos: se posicionará en otro andarivel... no. Siguió de largo y desapareció ante nuestros ojos. Cuarenta o cincuenta personas nos quedamos impávidas sin saber qué pasaba”.


“Nadie de la empresa, nadie, estaba allí para darnos una explicación. Algunos subimos al primer piso y nos presentamos en la oficina preguntando qué pasaba. De pésimos modales y sin darnos ni siquiera dos minutos de su atención, el responsable de esa sección nos dijo que no sabía nada de nada, que no podía decirnos nada, que no tenía ni idea de qué pasaba. Bajamos nuevamente. Esperamos en el andén. Nada. Dos horas. Subimos nuevamente a la oficina, pedimos el libro de quejas. Nuevamente el responsable, de manifiesto malhumor, no solo no nos da una explicación sino que retacea darnos el libro. Y repite nuevamente que el suceso era una decisión autárquica del chofer, de la que él no tenía idea”.

“Y nuestras valijas, vaya a saber dónde, sin explicación, sin habernos avisado que el ómnibus se iba a reparación por una avería, sin darnos la posibilidad de elegir bajar nuestros bultos, irnos a otra empresa, volver por otro medio, o lo que fuere. Una señora tenía allí una medicación importante que tenía que tomar al bajar del micro y llegar a su casa, a horario. Y ahora no sabía -ni ella ni nadie- cuando podríamos volver. No teníamos más elección que quedarnos allí varados y sin explicaciones, solo esperando -horas quizá- que aparezca nuevamente el chofer con el micro y nuestras cosas. Finalmente sucedió, casi tres horas después”.

“Increpamos al conductor, pidiéndole algún tipo de explicación de por qué se fue con nuestras cosas sin siquiera avisar. De pésimos modos nos dijo que él no tenía nada que ver, que no lo molestemos que tenía que viajar. Insistimos en decirle que los de la oficina nos dijeron que él se había ido por las suyas y no sabían nada, por lo que se puso furioso y desencajadísimo, empezó a gritarnos (particularmente a mí, que llevé la voz cantante) y a decirnos que vayamos todos a la oficina para un careo. Por supuesto, le dije que esa puja interna era un problema de ellos, que nosotros como pasajeros solo queríamos viajar en tiempo y forma y sin padecer semejante maltrato que, por otra parte, la empresa seguramente no compensaría (como correspondería)”.

“Finalmente pudimos subir al micro y llegar a casa tres horas después de lo previsto. Ahora, seguiré -al menos yo- los pasos de rutina reclamando a la empresa. Aún no sé si en las valijas faltan cosas, sobran cosas, o no. Pero más allá de eso, estoy convencida de que fue un acto de cohecho, un hecho delictivo el secuestrar nuestras pertenencias de ese modo. Agravado por el maltrato manifiesto de todo el personal. (una excepción, el ayudante del chofer, el único amable en ese circo)”.

Ivy Cángaro.

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