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Florit: “Los adultos no podemos delegar las reglas de convivencia en los chicos”

ENTREVISTAS

Juan Martín Florit es Licenciado en Psicología, con especialización en Terapia Familiar Sistémica. A mediados de esta semana, ofreció una charla sobre “Los límites en la educación de nuestros hijos”, que concitó mucho interés y que desnudó que se trata de un problema con el que conviven muchos padres. Este profesional asegura que “hay herramientas” para consolidar el rol como adultos y advierte que a nivel educativo, “hay una idea errónea de lo que es la integración”.

Por Mariano López Guerrero (marianolopezguerrero@gmail.com)

 

-Hace unos días, diste una charla sobre las dificultades de los padres para poner límites a los hijos. ¿Cómo abordaste el tema?

-El contexto general en el cual se dan estas problemáticas es de estilos de crianza y las nuevas configuraciones familiares. No solo se da la situación de que estamos tratando de adaptarnos a nuevos estilos de crianza, sino que hay una generación que ha sufrido el estilo autoritario de sus padres, y como sufrieron eso de niños, se han ido de ese extremo, al de la permisividad absoluta. Para que sus hijos no sufran lo que ellos sufrieron, se fueron al otro extremo. Y además, hay cambios que ha generado la tecnología en la cultura, que es otro problema, el de la dificultad de la adaptación constante a un mundo que cambia permanentemente y cuesta mucho encontrar cierta estabilidad. De hecho, un factor importante en los trastornos de ansiedad, que son los más comunes, es la incertidumbre. Cuanto más cambia el mundo, menos estabilidad hay y menos certidumbre en relación con saber qué es lo que va a pasar. Esto se está viendo en las familias.

 

 

-¿O sea que dentro de las familias impactan estos nuevos paradigmas?

-Sí. Y se suma a otro cambio cultural que es el de las familias ensambladas. Cuando se dan estos fenómenos, se suma el estilo de crianza, con alguien nuevo que llega a la familia. Y hay padres que incluyen al nuevo adulto de forma abrupta. A veces, no hay el suficiente tacto para darse cuenta de que los límites los tienen que poner ellos y no la nueva pareja, que muchas veces genera más malestar. No es lo mismo un adulto en el que un chico confía, que en alguien a quien le imponen. Es un tema que se planteó en la charla, porque la familia es un sistema de interacción y cuando hay disfuncionalidad, aparecen problemáticas.

 

 

Hay un rasgo que tiene que ver con la época posmoderna, donde los valores y las normas, se han vuelto absolutamente relativas. Hoy todo es discutible y hasta el bien y el mal están en debate.

 

 

-Alguna vez escuché una frase que me pareció acertada, sobre esta generación que fueron hijos que tuvieron miedo a sus padres y hoy son padres que tienen miedo a sus hijos…

-Tal cual. Este fenómeno yo lo llamo la crianza según el antimodelo. Hay padres que repiten el modelo de crianza, de forma automática, sin ningún tipo de crítica; y hay padres que toman un modelo totalmente opuesto y después sufren de lo que llamamos “hijos tiranos”, que son niños que establecen ellos las reglas de la casa. Y si hay algo que no podemos delegar como adultos, es que la salud de la convivencia y las reglas, las tenemos que establecer nosotros. No podemos delegar eso en los chicos. Primero, porque no tienen la capacidad de hacerlo y después, porque no corresponde dejar esa carga en ellos. Después tenés padres que te dicen literalmente que no aguantan a sus hijos de 8, 10 o 12 años. Ese estilo de crianza, muchos investigadores la llaman “laisse faire”, que es dejar hacer y que cada uno se maneje, con ausencia de normas que no le hace bien a los chicos. Ellos necesitan una estructura, cierta certeza, justamente para que no aparezca la ansiedad y todos los malestares que eso trae. Eso lo tiene que poner el adulto. Y esa responsabilidad es indelegable.

 

EL ROL DEL ADULTO

 

-¿Tiene mucha influencia en esto el modo en que ha cambiado el rol de la mujer dentro de la estructura familiar?

-Totalmente. Los roles eran más claros antes. Hoy, tanto al hombre, como a la mujer, les cuesta encontrar el rol. Somos papás, somos profesionales, laburantes, estudiantes, un montón de cosas. Antes estaba mucho más claro el ser. ¿Qué determina el ser? Lo que se espera de cada uno. Y hoy ni siquiera el género está determinado por la cuestión cultural. Todo eso, genera mucha incerteza. ¿Qué se supone que tengo que ser? ¿Cómo se supone que tengo que ser padre? Son muchas preguntas. Y antes no había tantas preguntas.

 

-Los hombres estamos ayudando poco para equilibrar, tal vez…

-Es que no todos copiamos el rol paterno. Muchos papás, hoy en día tratan de tomar lo mejor de nuestros padres y dejar de lado lo que nos trajo sufrimiento. A veces no se puede. Pero el tema de la indefinición de los roles y no solo de lo que se supone que debo hacer, sino lo que realmente puedo, porque a veces uno quisiera hacer cosas, pero la cotidianeidad te demuestra que no podés, por distintos motivos, influye.

 

 

-¿Qué pasa con esos padres que buscan una especie de “amistad” con los hijos? ¿Qué los mueve? ¿Comodidad? ¿El “miedo” del que hablábamos recién?

-Son varios factores. Creo que uno fundamental, es la culpa. Hay muchos papás que sienten mucha culpa por una separación. No haberle podido dar a sus hijos lo que idealmente, o lo que la cultura le dictamina que debe ser, les genera una carga, una culpa, con la que lidian de una forma poco saludable, a partir de la cual, le permiten a sus hijos hacer cualquier cosa. Ser amigo de tu hijo, implica eso. No es el único factor, pero uno importante, en este estilo de crianza, es la culpa. Eso lleva a la permisividad y a que además, se justifique todo.

 

 

Es importante que los chicos tengan el espacio por parte del adulto, una apertura, una receptividad, de ser escuchados si les pasa algo.

 

 

-Una manera equivocada de compensar…

-Esa compensación, genera una construcción en los procesos internos de cada niño, que facilita la manipulación y el juego. Cuando los papás están separados, los chicos juegan con esos espacios. Sobre todo cuando hay malestar entre los padres. Los chicos lo aprovechan. Cuando dos padres no se pueden poner de acuerdo en la crianza, terminan perjudicando al chico. Ese juego de una criatura no es consciente. Lo que quiere es obtener lo que tiene ganas de obtener. Y se establece un juego de poder, en el que van viendo cómo pueden hacer para conseguir lo que quieren. Y al que tiene más culpa, es sobre quien más pueden ejercer ese poder.

 

-Algo que a los padres nos está faltando para darles a nuestros hijos, es tiempo. Supongo que es el factor más importante. ¿No?

-Suele pasar que se intenta compensar el tiempo, con los objetos. Y ahí, hay una falencia. Lamentablemente, hoy en día, uno tiene que laburar más de lo que quisiera. O hay cosas extralaborales que te insumen mucho tiempo también. A veces uno no dispone del tiempo que quisiera. Pero sí, es un elemento fundamental.

 

-¿Y cómo puede advertir un padre que en la conducta de sus hijos, en realidad subyacen reproches por estas fallas?

-Para eso es clave la comunicación. Si cada vez que nuestro hijo nos habla, le decimos que estamos ocupados, no le contestamos, o no demostramos interés, incluso desde chiquitos, con cosas que pueden parecer superficiales, si no creamos el hábito de la comunicación, la criatura se acostumbra a no hablar, porque no hay interés en escucharla. Cuando crecen, en la adolescencia, siguen con la postura de no comunicarse. Eso es algo que se construye mediante el hábito. Más allá de que los chicos muchas veces no tienen ganas de contar, es importante que tengan el espacio por parte del adulto, esa apertura, esa receptividad, de escucharlos si les pasa algo. Y siempre preguntarles por sus cosas es importante, porque cuando uno no lo hace, pasan otras situaciones. Hoy la tasa de suicidios es más alta entre adolescentes, así como también al abuso de sustancias, que hoy hay una cantidad de droga descomunal, que en otras épocas no había. Y a veces los padres no lo ven, porque no hay contacto. Los adultos tenemos que tratar de generar la comunicación y no esperar que se dé espontáneamente.

 

 

Creer que se integra a un chico permitiéndole que ejerza violencia con sus pares, es un disparate. Eso no es integración.

 

-¿Sentís que en muchos casos lo que falta es un compromiso con el proyecto que implica transformar a un hijo en una buena persona?

-Sí, eso se ve, lamentablemente. Las primeras etapas de la vida de un niño son fundamentales. En el primer año, el contacto con la madre, especialmente, es muy importante. El chico necesita que la mamá lo acaricie, lo mime, le hable. Y hoy ves madres que le dan más atención al celular que al hijo. Ahí ves que ciertas familias se constituyen como tales, pero no ves el deseo y el placer del disfrute de la crianza de los hijos.

 

“YA NO HAY VERDADES ABSOLUTAS”

 

-Por otro lado, es muy claro cómo ha cambiado la percepción que los chicos tienen de los adultos. Totalmente diferente de otras épocas.

-Sí. Otra vez, creo que hay varios factores. Hay un rasgo que tiene que ver con la época posmoderna, donde los valores y las normas, se han vuelto absolutamente relativas. Hoy todo es discutible y hasta el bien y el mal están en debate. Y ahí tenés la relativización de los roles y el respeto. Son cosas que antes eran tan elementales, que no se discutían. Hoy se discute todo. Entonces, es un rasgo de la época. Sumados a los cambios en los paradigmas familiares. Hay una multiplicidad de factores. Y también hay cuestiones que tiene que ver con la ley y la violencia infantil. Hoy pegarle a un chico es un delito. Así de sencillo. Eso, de alguna manera, hace que los chicos, por ejemplo en la escuela, te digan ‘vos a mí no me podés tocar’, y es verdad. A mí me tocó ver en una escuela, hace un par de años, chicos que estaban peleando en un aula y los docentes no sabían qué hacer porque no los podían tocar. Entonces ¿Qué hay que hacer? ¿Dejar que un chico le parta una silla en la cabeza a otro? En una escuela secundaria acá en Tandil, una persona de maestranza le tuvo que torcer el brazo a un alumno, para quitarle el cuchillo con el que amenazaba a un compañero. Y a ese trabajador, lo echaron. A pesar de que le salvó la vida a un pibe. Entonces, los adultos llegamos hasta tener miedo de perder el laburo. Y los chicos advierten ese miedo. Ciertas normas, que exceden a lo familiar, que tienen que ver por ejemplo con lo educativo, influyen negativamente en otros ámbitos.

 

-Además, los chicos nos interpelan de otra manera. Son más agudos. ¿Cómo analizás que los jóvenes ya no crean en todo lo que dicen sus padres?

-Para mí, eso es maravilloso. Ya no hay verdades absolutas. Una de las características del posmodernismo es haber salido de las “verdades” religiosas, que eran absolutas. Hoy, ese lugar, lo tomó la ciencia, que justamente nos dice que no hay una verdad absoluta. Las teorías evolucionan y cada vez entendemos más finamente la realidad. Entonces, tenemos que asumir que la representación de una idea, en relación con la realidad, es un horizonte, al que tratamos de acercarnos lo más posible.

 

-Pero a los padres les quitó una salida. Antes, ante un tema espinoso, se “pateaba para adelante” o se suavizaba, digamos. Hoy los chicos van a Google.

-Y sí. Ahora hay mucho acceso a la información. Pero también hay mucha información basura. Hoy, la educación, creo que pasa por enseñarles a los chicos a separar la paja del trigo. Porque la información basura que hay en internet es descomunal.

 

 

Hay un estilo de crianza que muchos investigadores llaman “laisse faire”, que es dejar hacer y con ausencia de normas, que no le hace bien a los chicos.

 

 

-¿Y cómo hacer para construir autoridad sin caer en el viejo formato de la crianza del tirón de orejas o el chirlo?

-Creo que hay muchos padres que dejan pasar mucha agua bajo el puente, hasta que un día explotan. Me parece que cuando es necesario, se puede recurrir a la penitencia. Pero de una manera tranquila. No esperar hasta enojarnos. Una manera puede ser tener un lugar donde ir en la casa cuando los chicos están enojados y sentarnos ahí hasta que se les pase. Son cosas que también hacían los papás antes, ¿no? O hay un ritual que me parece maravilloso, para hacerlo desde que son muy chiquitos. Llega un momento en que los gritos, lo único que hacen es generar malestar. El ejercicio consiste en ir al patio o algún lugar con un poquito de tierra, y hacer un pocito. Y decirle al chico que hay que poner el enojo ahí. Primero respiramos profundamente y tiramos el enojo en el pocito y lo tapamos. Y una vez que están tranquilos, calmados, reforzar con afecto. Eso va a generar un chico con tranquilidad y con posibilidades de comunicar. Le estamos dando el mensaje que el escándalo o el grito, o romper cosas, no funciona. Lo que funciona es solucionar las cosas de otra manera. Con eso le facilitamos la sociabilización y le estamos dando herramientas para el largo plazo.

 

 

 

FALTAN DISPOSITIVOS EN LAS ESCUELAS

 

-Noté hace un rato que tenés una mirada negativa sobre cómo está funcionando en la educación el tema de la convivencia con los chicos.

-Lo que pasa es que el interés superior del niño supuestamente, debería contemplar en primera instancia, proteger la integridad física y en segunda instancia, la integridad psicológica. Y acá, lo que estamos haciendo es desproteger a los chicos, por una idea distorsionada, en donde todo vale, nada tiene un límite. Y en definitiva, los estamos exponiendo.

 

-Lo pregunté en otra nota, pero te lo traslado también a vos. ¿Cuándo hay un chico violento, siempre tiene que ver con un contexto familiar violento?

-Yo creo que puede haber muchas variables, como por ejemplo, que desde la escuela y desde la familia, bajen estas normas de ausencia de límites, de estructura, etc. Estas combinaciones provocan combos terribles. Eso además, sumado a una idea errónea de lo que es la integración, porque creer que a un chico que tiene este tipo de respuestas,  se lo está integrando permitiéndole que ejerza violencia con sus pares, es un disparate. Eso no es integración. Si a ese chico se le permite seguir con este tipo de patrones de agresión, no se integra. Hay que generar dispositivos alternativos que no sean solamente ir a la escuela y seguir repitiendo esa conducta, porque a la larga, va a quedar excluido. No lo estamos ayudando. En todo caso, exponemos al resto de los chicos, a este tipo de agresiones. La integración debe hacerse en serio.

 

Hay una generación que ha sufrido el estilo autoritario de sus padres, y como sufrieron eso de niños, se han ido al extremo de la permisividad absoluta.

 

-¿Qué está faltando?

-Lo que está es la idea, pero faltan dispositivos que medien ese proceso, para que se den en la realidad. Porque si no, nos quedamos en el ámbito de las ideas. Pero tenemos que llevarlo a la práctica de otra manera, porque así, no está funcionando. Y así vemos la violencia que vemos en las escuelas y a las maestras que ya no saben qué hacer. A mí me marcó mucho el caso de un chiquito de 7 años, que era muy agresivo y muy revoltoso y las maestras ya no sabían qué hacer con él. Me lo llevé al gabinete y después de jugar un rato y entrar en confianza, me termina contando, mediante un juego, que él no quería sentir nada. Un nene al que sus papás habían abandonado y era criado por una abuela. Para ese nene, lo más importante, que eran sus padres, no estaban. ¿Qué le podía importar lo que le querían enseñar en la escuela? Después de entender un poco más lo que le pasaba, las maestras empezaron a tratarlo de otra manera y mejoró. Por eso, tiene que haber personal de salud mental que trabaje en las escuelas, porque si no, vos nunca llegás a eso. Hoy, en las escuelas no hay gente que haga ese laburo. Entonces, la idea es maravillosa, pero faltan profesionales y dispositivos que no están. La ley plantea algunas cuestiones que no están en la práctica. Y es muy difícil comprometer a las familias a participar de estos cambios, cuando no tienen interés.

 

-Hace unos días hubo una polémica por la exclusión de un colegio de un nene con Síndrome de Asperger. ¿Qué opinión tenés respecto de ese tipo de inclusión?

-La misma. Falta el dispositivo que integre en serio. No es mandarlo a la escuela y nada más. El Asperger, es una patología orgánica. No es que hay una disfuncionalidad emocional o de crianza. Hay circuitos cerebrales totalmente distintos. Son chicos que no entienden como socializar, como sienten los otros, no entienden las consecuencias de sus acciones sobre los demás. Entonces, ingresar un chico en un colegio, sin un trabajo de integración serio, genera problemas. Para hablar de integración, tiene que haber profesionales competentes, en una escuela, para que integren. Y no hablo de acompañantes terapéuticos, que no tienen la más pálida idea de cómo funciona la mente de un chico con algún tipo de autismo. Otra vez, la idea es fantástica, pero está mal implementada, porque faltan profesionales.

 

-Para cerrar, ¿qué aconsejarías a los padres que deben hacer para armonizar la relación con sus hijos?

-Muchas cosas. Muchas que tenemos que hacer y muchas que no. A veces es tan importante saber qué hay que hacer, como saber qué no hay que hacer. Yo diría que básicamente, hay puntos fundamentales, que son: darle seguridad a nuestros hijos, que tengan la certeza de que sus padres los van a proteger siempre; darles un ambiente con cierta estructura y cierta previsibilidad, tratando de eliminar la incertidumbre; que tengan su lugar, su espacio; que los padres no desaparezcan; que sepan que vamos a estar ahí para ellos. Y no caer en la solución de corto plazo de darles todo lo que quieren. Porque los estaríamos perjudicando. Hoy ves chicos de tres o cuatro años que todavía apuntan las cosas y los padres les nombran los objetos, o les hacen de prótesis, que les acercan todo. Así no le facilitás el desarrollo de las funciones neurológicas. Limitas sus etapas de desarrollo. Lo que hay que hacer, es estimularlos en el aprendizaje. Sostenerlos, apoyarlos, ayudarlos, pero que las cosas las hagan solos. Y reforzarlo afectivamente en cada intento, más allá del resultado de una acción.

 

Juan M. Florit.

Licenciado en Psicología

Psicólogo Clínico

Orientador en Centro de Día Procedere

Coordinador de Grupos recreativos en discapacidad intelectual

Director de tratamiento MITA para autismo Asperger

 

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