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Dos jóvenes tandilenses unieron Bélgica y Sudáfrica a puro pedaleo

HAZAÑA

Iñaki Rossi y Manuel Fernández Rosso unieron la ciudad de Amberes (Bélgica) con Ciudad del Cabo (Sudáfrica), recorriendo la costa oeste del continente africano a puro pedaleo. Transitaron unos 20 mil kilómetros y 24 países en menos de un año y medio. Regresan a nuestra ciudad el 15 de julio.

Iñaki Rossi (28 años) y Manuel Fernández Rosso (30 años) se lanzaron hace poco menos de un año y medio a una de esas experiencias transformadoras a las que algunos se someten, por elección propia, a lo largo de la vida: Bicicleta, carpa y radares bien abiertos para transitar sobre las dos ruedas y a fuerza de pedaleo parte de Europa y todo el continente africano.

Si un viaje común y silvestre ya despierta en el viajero, ya sea por el cambio de escenarios o de rutinas, cierto aire de reflexión, el de Iñaki y Manuel llevó ese estado a la máxima expresión posible. De hecho, en uno de los últimos posteos que hicieron en el perfil de Facebook en el que compartieron a lo largo de toda la travesía fotos, dibujos y reflexiones, da cabal cuenta de ello. El perfil se denomina Dibujando a pedal y cuenta con una para nada despreciable cantidad de más de 8500 seguidores de diferentes partes del mundo. En ese posteo, se preguntan cosas que a todos, en menos o gran medida se nos ocurrió preguntarnos y tienen que ver con el sentido de nuestra existencia: “¿Para qué estoy en esta vida? ¿Cuál es mi pasión? ¿Cuál es mi lugar? ¿Dónde está mi casa? ¿Qué camino quiero tomar? ¿Estoy haciendo lo que quiero? ¿Por qué que me escondo? ¿Por qué no quiero pensar en esto? ¿Por qué me cuesta tanto? Cuando uno viaja en bicicleta por un tiempo largo, esas preguntas que uno pensaba las tenía escondidas por algún lado vuelven con más fuerza. Para que las miremos de frente, para que nos amiguemos con nuestras dudas y para ponerse a construir nuestro propio camino. Que es distinto, que es único y que nadie más lo puede hacer por nosotros”.

Iñaki y Manuel son los terceros argentinos en realizar esta proeza y los más jóvenes en lograrla. Para los últimos y simbólicos 200 kilómetros viajaron hasta Sudáfrica algunos familiares (padres, hermanos, primos) y una amiga de la familia. Para realizar el viaje “hay que sacrificar cosas, pero se gana siempre mucho más de lo que uno deja”, dirán durante una entrevista radial que les hicieron en la localidad española de Salobreña (Andalucía).

¿Qué los llevó a querer realizar esta “locura”? Ambos estaban disconformes con la vida que llevaban. Iñaki había estudiado psicopedagogía en el ISER y estaba ejerciendo como maestro en la primaria del colegio San Ignacio y Manuel estaba en New York desempeñándose como arquitecto. Pero ambos habían entrado en crisis respecto de sus realidades y proyectos. Las preguntas que antes compartimos ya estaban dentro de ellos como pequeños brotes.

En verdad comenzaron el viaje en invierno, juntándose en New York. Desde allí fueron en avión hasta Alaska para conocer un lugar emblemático y buscado por todo mochilero: el autobus mágico donde murió el personaje Alex, de la película “Hacia rutas salvajes” (“Into the wild”, Sean Penn, EEUU, 2007). Allí recorrieron 3630 km de aquel Estado a lo largo de dos semanas Pero aún no habían aparecido las bicicletas. Desde Alaska tomaron un vuelo a Bélgica, lugar en donde había estudiado Manuel, con la excusa de que debía hacer un trámite.

En el frío febrero europeo salieron desde Amberes, la ciudad en donde habían nacido sus abuelos y la misma en donde adquirieron las bicicletas. Fueron casi dos meses en los que pasaron por Bélgica, Luxemburgo, Alemania, Holanda, Francia y España.

En África, transitaron por una veintena de países. A veces atravesando límites no tan claros, otras enfermándose, como cuando Iñaki contrajo en Guinea, malaria y fiebre tifoidea.

En el viaje también fueron surgiendo proyectos. En uno de ellos, al que denominaron “Dibujando la felicidad”, trataron de entender el sentido de la felicidad proponiéndole a distintas personas, justamente, representarla con un dibujo. Así, colectaron dibujos de un diseñador grafico de Granada (España), un comerciante de joyas de Marruecos, un pastor del alto Atlas, un jefe de tribu de Guinea Bissau o un niño alegre de un barrio de Gambia. Recopilaron más de 60 historias que fueron compartiendo mediante los posteos.

En otra ocasión, quisieron aprovechar la oportunidad de que recibirían la vista de familiares desde Tandil para poder brindar alpargatas a los niños de los pueblos africanos que iban recorriendo. Por ello hicieron una colecta de alpargatas en nuestra ciudad. “Viajando vimos que muchísimos chicos viven descalzos y nos gustaría que nos ayuden para cambiar un poquito de su realidad”, proponían a sus seguidores.

Recientemente se lanzaron a otro de esos proyectos: “Creando puentes: cartas de Namibia a Tandil”. Después de trabajar una mañana con tres grados en el colegio Hunert de Mariental (Namibia) llenaron sus bolsos con 120 cartas de chicos de entre 7 a 10 años que intentarán sean respondidas por niños tandilenses. Debido a ese proyecto, docentes y escuelas de Tandil se pusieron en contacto con ellos para poder realizar la segunda parte del mismo.

Como un viaje dual en el que se recorre tanto por fuera como por dentro, las reflexiones son más hondas a medida que más recorrieron: Iñaki aseguró hace poco que “mientras seguimos hacia el sur, poco a poco mi corazón se va despidiendo de África. Esa África que puso al límite mis fuerzas, que me hizo replantearme todo, que me hizo sentir triste, alegre, con impotencia y ganas de llorar de felicidad al mismo tiempo. Que tiene un imán para cualquier viajero, que te atrapa con sus desiertos y selvas, con su gran humildad y terrible generosidad. Quisiera viajar más lento, que el tiempo no pase o volver a países que ya pase, pero no puedo. Me gustaría volver a sentarme para ver aquellos chicos jugar en una escuela en Guinea Conakry o prender un fuego en el desierto del Sahara mientras miles de estrellas me abrazan.... pero no. La fecha de vuelta está definida y es momento de empezar otro viaje, quién sabe a dónde”.

Agregó que “hay días que el futuro me da miedo y en otros que me llena de entusiasmo. No quiero que la sociedad de la una vez huí, me convierta nuevamente en aquel Iñaki que desprecié. Trato de tranquilizarme. Quiero saber que el futuro depende de mis decisiones y que quiero seguir viviendo intensamente, conectándome con lo verdadero, con lo que me infla el pecho, lo que me hace volar y lo que me inspira. Quiero abrazar los caminos. Con sus curvas y contracurvas. Con sus grandes y tortuosas subidas y sus emocionantes bajadas que dan respiro a este corazón que está ansioso por volver”.

Uno siempre está construyendo su propio camino. Distinto y único. Nadie más lo puede hacer por nosotros. Con las dudas pesando en la mochila, con los recuerdos densos y los alegres en los bolsillos, teniendo conciencia del camino que recorremos o haciéndonos los distraídos. El gran asunto es captar esos momentos ínfimos de felicidad que hay durante ese camino. Momentos que se escapan como microscópicas pepitas de oro entre los dedos. Y palpar, aunque sea en esos efímeros momentos, si nos sentimos conformes y realizados con lo que somos, lo que hacemos, lo que pensamos y lo que proyectamos. Pavadas de preguntas...

Por lo pronto, habrá que ponerse a investigar las lenguas africanas para poder decirles, “muchachos, traigan alfajores”.

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