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Algunas reflexiones en la Semana de la Salud Mental

El Psicólogo Angel Orbea, envió una nota con pedido de publicación de dice “alguna vez alguien pregunto qué tiene que ver el Psicoanálisis con la Salud Mental y con la ética. He aquí algunas respuestas”

1) porque como es un campo multidisciplinario cruzamos la SM con los grande aportes del psicoanálisis y vemos que éste no abona intervenciones socio biológicas o conductuales. Con Freud y con Lacan el psicoanálisis inventó un deseo nuevo, que es definitiva lo que “cura”.

Por eso, como lo ha indicado muy bien J-A Miller “no hay clínica sin ética”. 

2) También porque la dimensión ética se ciñe a un principio mayor: "no ceder en tu deseo".Digamos de paso, que tanto la anoréxica como el toxicómano, y a veces hasta algunos funcionarios públicos tampoco ceden pero para sostener un goce autístico y oportunista, como ese Concejal local que infatuado pretende que se balice con gendarmes las entradas a Tandil como en las mejores épocas de la dictadura.   

3) Hablamos también de ética porque desde hace un tiempo como un nuevo síntoma se clama por la ética desde los más diversos campos y doctrinas del saber allí donde los grandes relatos han fenecido y se aproximan los derrumbes. Porque como viene insistiendo el filósofo Alain Badiou: “hay que terminar con el consenso tácito de que el problema de la ética es el reconocimiento del mal y la figura de la víctima”. Tales condiciones, según Badiou, facilitan una ética de la espiritualidad del espacio mercantil sin compromiso ni riesgo, y con mucho consenso y llamados a la solidaridad sin consecuencias. 

4) Por último, hablamos de ética porque nada nos impide hacerlo sin inquietarnos. 

Al respecto, el psicoanálisis es paradigmático. Lleva en sus entrañas algo de la antigua ética, que junto a los preceptos de los antiguos médicos, sostenían para los ciudadanos la norma de “mantener la salud”. Michel Foucault lo sabía muy bien, cuando encontraba una equivalencia entre la medicina Griega y la ética antigua. Ambas dictaban normas, no solo sobre las hábitos, la conducta, y la temperancia, sino también sobre el buen uso y cuidado del cuerpo y su placer. 

Tanto para los Romanos como para los griegos el cuidado de la salud y el cuerpo era un deber de cada ciudadano antes que del estado. 

Hoy la televisión con doctos consejos recuerda a las personas que “hay que cuidar la salud” e incita a una gimnasia que nada tiene que ver con los preceptos ciudadanos de los antiguos griegos, que sabían responder por su salud y su cuerpo con la ginmosofia.

Se advierte que la relación entre salud y ética es de vieja data, y ha estado añejada por algunos de los más grandes hombres de la humanidad. 

Si le ética transita sobre los límites; para el psicoanalista el deseo será el límite princeps, para el médico será la muerte, y para el psiquiatra, podría ser la locura, y esta última a su vez es  el límite a la libertad. 

Pero el psicoanalista entra a la SM con algo muy propio de ella: nadie está en condiciones de prometer la SM de alguien. La SM comparte con el psicoanálisis el hecho de que el sujeto de que se ocupa es un sujeto que no solo tiene una conducta y una enfermedad, sino que es alguien que demanda, y que por lo mismo se cree con derecho, y más allá de sus necesidades, se transforma en un pedigüeño que muchas veces lleva a saturar a las instituciones de salud. Es esa demanda lo que hace que el sujeto no encaje en nada, y a diferencia de los antiguos, devenga en conflicto con el mundo. 

Una demanda tal se manifieste con toda su magnificencia en sujetos paranoicos. Esta psicosis, sobre el final del siglo XIX y hasta los años 20` del siglo pasado fue estudiada metódicamente por los clásicos de la psiquiatría francesa, que describieron muy bien el delirio de reivindicación, distinguiéndolo  del delirio pasional y del temido delirio de querulancia, tan caro a la criminología positiva.

También está la demanda de la histérica, que demanda tener un deseo insatisfecho a causa de un amor al padre que supo ser impotente frente a una madre ausente de su feminidad, abriendo las puertas al misterio de la otra mujer, y quizás también a cierta locura. 

Otro tanto pasa con el obsesivo, que no puede demandar por estar poseído en sus pensamientos por una serie de escrúpulos desprendidos de su propia conducta, por eso solo espera que lo demanden, y así pasa su tiempo postergando. 

Con los paranoicos, el psicoanálisis enseña que no es conveniente meterse mucho, pues éticamente operan desde un absoluto estado de inocencia, cargándole impúdicamente la culpa a los otros. Por eso, aunque parezca mentira, muchas veces son muy aptos para producir justicia o para embrollarse con ella.

A su vez la histérica es la más condescendiente con la ética del deseo, pues hace de la falta de saber y del desfallecimiento del otro su causa. Esto la hace sufrir demasiado, pero si hace una psicoanálisis puede que su recompensa sea generosa, pues podrá franquear el deseo parental que le hace desaparecer, encontrándose al fin en otra posición que la de su madre. 

El neurótico obsesivo con sus escrúpulos es un buen ejemplo ético, pues tener escrúpulos por su propia conducta es el principio de cualquier ética, aun cuando esto lleva a la inhibición del sujeto. 

Estamos así frente al verdadero pathos de la conducta, que es la responsabilidad. Esta es la verdadera categoría operativa de la SM.

Lic. Ángel Orbea

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