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Lunes 19 de Noviembre de 2018 | 16:52 |

Meditación

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A través de la contemplación de aquella divinidad indescriptible, imposible de poner en palabras, reconocemos la meta del viaje del Alma en busca de sí misma.

La meditación es estar vacíos y llenos al mismo tiempo. Nos vaciamos de todo aquello que se interpone entre nosotros mismos, nos despojamos de aquello que nos define en el mundo, nos quitamos las vestiduras de las apariencias para colmarnos de Ser, para llenar nuestra copa vacía de la vida con el vino de la plenitud de la esencia.

 

Aquellas creaciones imaginarias que dan vida al personaje que creemos ser, son trasformadas en espacio vacío, donde albergaremos al sentimiento de unidad que nos provee de silencio profundo. Nuestras experiencias nos dotan de un reconocimiento ficticio, temporal, finito, y es en base a estas experiencias que construimos una muralla entre el yo nominado y el Yo innominado. Atravesamos las barreras del tiempo y nos diluimos en el infinito océano de una conciencia sin fronteras, digna del Ser que habita nuestro humano.

 

A través de la contemplación de aquella divinidad indescriptible, imposible de poner en palabras, reconocemos la meta del viaje del Alma en busca de sí misma. Sin saberlo concientemente nos movemos hacia esa dimensión atemporal de la existencia que nos reclama, cuan susurros al oído del indómito viento sin morada. Algo así como una ligera onda de energía nos invita a una danza sagrada, donde el vaivén de nuestra respiración hace las veces de música silente. Acontece como en el silencio despierto, donde las palabras se inclinan ante majestuosa profundidad y permanecen postradas, honrando la sabiduría que frecuentemente profanan.

 

Desprovistos de justificaciones nos hallamos en caminos del corazón que la mente desdeña por temor al desvarío. En sintonía con la majestuosidad de la existencia podemos decir sí a cada manifestación, sin el látigo del juicio que nace del vientre de nuestras propias incertidumbres. Como el niño que por primera vez ve la luz, así nos desgarramos en llanto, entregándonos al destierro de la seguridad de nuestra burbuja.

 

Cuando decimos sí a la esencia de la esencia, abandonamos todo deseo y preocupación, porque confiamos en la divina providencia del espacio vacío que todo lo contiene. Luego una corriente como de agua fresca y caudalosa arrastra el alma hasta su propio centro, y allí nos dejamos fluir, como en un viaje interior donde no hay más equipaje que la entrega ni más estaciones que la del propio núcleo del Ser.

 

Ahora, cuando el tiempo es arrebatado de la conciencia y las manecillas del reloj se convierten en un acompasado aliento con la vibración del cosmos, ahora el pájaro de la paz puede anidar en mi pecho. Ahora, cuando el frenesí del mundo se vuelvo sórdido y las bocas permanecen cerradas, florece en el jardín la rosa que esparce su fragancia a los ocho puntos cardinales del Alma.

 

Y permanecemos en el instante, cautivados por él como la abeja absorta en su néctar.

 

¿Qué es la meditación me preguntas?

 

No lo sé, pero puedo hablarte de vacíos, de silencios, del viento, de la flor y del néctar de la existencia que ha paladeado mi Ser cuando, como un loco, me consumo en los fulgurantes rayos del sol de mi corazón.

 

A través de Alejandro D. Gatti

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