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Lunes 24 de Julio de 2017 | 11:38 |

Mi Tío Poroto - “La enfermedad es otra cosa”

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Les dejo aquí esta historia que, a aun modo de cuento, pretende abrir un espacio de reflexión en nosotros

En el marco del Programa de Capacitación para Ser Biológicamente Concientes, me pareció interesante compartir este cuento, del cual desconozco el autor, y que me recordara hace unos días Irene Scarlata. Podemos comprender, a través de esta historia, a lo que muchas veces nos sometemos ante el desconocimiento de lo que verdaderamente manifiesta nuestro cuerpo cuando, en su propio lenguaje, emite señales orgánicas de necesidad de re-adaptación y de flexibilización.

 

Les dejo aquí esta historia que, a aun modo de cuento, pretende abrir un espacio de reflexión en nosotros.

 

A través de Alejandro D. Gatti

 

 

MI TIO POROTO

 

Mi tío Poroto se encontraba bien de salud hasta que su mujer, mi tía Porota a instancias de su hija, mi prima Tota, le dijo:

-Poroto, vas a cumplir 70 años, es hora de que te hagas una revisión médica.

-Y para qué?, si me siento muy bien-

-Porque la prevención debe hacerse ahora, cuando todavía te sientes joven-, contestó mi tía.

Por eso mi tío Poroto fue a consultar al médico.

El médico, con buen criterio, le mandó a hacer exámenes y análisis de todo lo que pudiera hacerse y que la obra social pagase.

A los quince días el doctor le dijo que estaba bastante bien, pero que había algunos valores en los estudios que había que mejorar.

Entonces le recetó Simgras Grageas para el colesterol, Bobex para el corazón, Diabetol Plus para prevenir la diabetes, Total Vitaminol, complejo vitamínico, Abajopres para la presión, Alergicatel para la alergia. Como los medicamentos eran muchos y había que proteger el estómago, le indicó Omeopancex.

Mi tío Poroto fue a la farmacia y gastó una parte importante de su jubilación, por varias cajitas primorosas de colores variados.

Al tiempo, como no lograba recordar si las pastillas verdes para la alergia las debía tomar antes o después de las cápsulas para el estómago, y si las amarillas para el corazón iban durante o al terminar las comidas, volvió al médico.

Este, luego de hacerle un pequeño fixture con las ingestas, lo notó un poco tenso y algo contracturado, por lo que le agregó Nervocalm y Aflojex Max.

Esa tarde, cuando entró a la farmacia con las recetas, el farmacéutico y sus empleados hicieron una doble fila para que él pasara por el medio mientras ellos lo aplaudían.

Mi tío, en lugar de estar mejor, estaba cada día peor.

Tenía todos los remedios en el aparador de la cocina y casi no salía de su casa, porque no pasaba momento del día en que no tuviera que tomar una pastilla.

A la semana, el laboratorio fabricante de varios de los medicamentos que él usaba lo nombró "cliente protector" y le regaló un termómetro, un frasco estéril para análisis de orina y una lapicera birome con el logo de la empresa.

Tan mala suerte tuvo mi tío Poroto, que a los pocos días se resfrió y mi tía Porota lo hizo acostar como siempre, pero esta vez, además del té con miel, llamó al médico. Este le dijo que no era nada, pero le recetó Gripedin Dúo y un antibiótico, Sanaxidal.

Para colmo mi tío Poroto se puso a leer los prospectos de todos los medicamentos que tomaba y así se enteró de las contraindicaciones, las advertencias, las precauciones, las reacciones adversas, los efectos colaterales y las interacciones médicas. Lo que leía eran cosas terribles. No sólo se podía morir, sino que además podía tener arritmias ventriculares, sangrado anormal, náuseas, hipertensión, insuficiencia renal, parálisis, cólicos abdominales, alteraciones del estado mental y otro montón de cosas espantosas.

Asustadísimo, llamó al médico, quien al verlo le dijo que no tenía que hacer caso de esas cosas porque los laboratorios las ponían por poner.

-Tranquilo, Don Poroto, no se excite- le dijo el médico mientras le hacía una nueva receta con Antideprezol Forte Supositorios.

En ese tiempo, cada vez que mi tío cobraba la jubilación iba a la farmacia donde ya lo habían nombrado cliente VIP. 

Esto lo hacía poner muy mal, razón por la cual el médico le recetaba nuevos e ingeniosos medicamentos.

Llegó un momento en que al pobre de mi tío Poroto las horas del día no le alcanzaban para tomar todas las pastillas, por lo cual ya no dormía, pese a las cápsulas para el insomnio que le habían recetado. 

Tan mal se había puesto que un día, haciéndole caso a los prospectos de los remedios, se murió. 

Al entierro fueron todos, pero el que más lloraba era el farmacéutico.

Aún hoy mi tía Porota afirma que menos mal que lo mandó al médico a tiempo, porque si no, seguro que se hubiese muerto antes.-

 

CUALQUIER SEMEJANZA CON LA REALIDAD

 ES   " P U R A    C O I N C I D E N C I A"

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